Entonces Espina se mostró incomparable. Sin manifestar otra cosa que una satisfacción que afectaba no poder reprimir, miró cara á cara á Lina, se acercó á ella y la dió en el aire, no en las mejillas, un beso, murmurando suavemente:

—Al contrario, ma charmante, si te avisé porque me arreglaba... Quiero que sepas antes que nadie que el mejor retrato de Lago va á ser el mío. ¡Una idea tan original y tan poética! Saldré de una especie de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En París producirá entusiasmo. Cuantos retratos hizo Silvio hasta el día, son... psch... banales. Así me lo ha dicho él...

La morena belleza sonrió despreciativa, y sin responder á su interlocutora, se volvió hacia mí y lanzó:

—¡Es usted el hombre más galante... pero más embustero! Eso mismo me contó cuando terminaba el famoso retrato del traje de terciopelo miroir. Por cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á casa. Quieren verlo unas amigas, de las que no son envidiosas, por lo cual profetizo que lo encontrarán admirable... ¿Á ver, dónde anda esa obra maestra?

¡Dios mío, qué compromiso! Quise aplazar, mentir... pero Espina, exultante, desenterró el retrato, que yo había trasconejado ocultándolo detrás de varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina al ver el ultraje inferido á su imagen por el arrebato de la Porcel. Palideció como las morenas, con tonos lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en cambio, colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y Espina, la muy bribona—¿qué otro nombre puedo darla?—se echó á reir con risa que de puro alegre era un gorjeo, y entre la cristalina cascatela de sus carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor:

—¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estropear la maravilla?

Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas de terciopelo, se volvió hacia su amiga, y la disparó á boca de jarro:

—Abur, ma toute belle, te regalo el retrato y el autor... Están en el mismo estado poco más ó menos; buen provecho te hagan...

Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón enorme. ¡Su retrato, el alabadísimo, el que había de consagrar la memoria de su hermosura triunfante, indiscutible!—Sin permitirme cumplir el deber de cortesía de acompañar hasta la antesala á la ultrajada beldad, Espina cerró nuevamente la puerta del taller con doble vuelta de llave...