Y aquí entra lo que verdaderamente me preocupa. Aunque la escena con Lina fué desagradable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien sólo debo amistad, consideraciones, no tiene comparación con lo que sigue.—Al cuarto de hora de marcharse la Moros, volvieron á llamar, se oyeron de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge-ruge de sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió con los nudillos... Aterrado, me volví hacia Espina, consultándola con la mirada.
Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una respiración, que palpitaba agónico un aliento... y era el mío; el zumbar de la sangre me aturdía las orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mí. Creí que iba á dirigirme algún advertimiento de prudencia, alguna palabra de esas que el instinto de conservación dicta. Lo que hizo fué un guiño de complicidad, un gesto pícaro, envuelto en una caricia fogosa. Y riendo bajo, satisfecha, campante, exclamó:
—Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa!
La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja de palo.
—Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres?
Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabía de qué manera recibir á aquel hombre. Mi actitud sola era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me explicaré este episodio de mi vida; verdad que la vida está llena de enigmas sin clave.
Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir de los celos. Pero ¿hasta qué punto esta amarga enfermedad, tan amarga que sólo por ella debiéramos renegar de la tontaina de los amores, es compatible con la lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se ríe la gente de los celosos? Pues justamente porque los celos ponen venda más espesa que el amor todavía.
Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, gime en su potro, desconfía, no duerme; pero cuando se le antoja confiar, lo estaría viendo y negaría el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase. Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de experiencia,—y Valdivia la tiene muy cabal,—hubiese dudado, y qué carcajada no soltaría el propio Valdivia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Encerrados, solos, turbado yo, esparcidas las rosas! Pues sin embargo, no contento con mostrarse tranquilo y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno que no es único, que es frecuente en los celosos, cuya razón acaso sea el instinto egoísta de precaver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos la explicación, que yo al menos no era capaz de inventar:
—Han cerrado para librarse de importunos, de indiscretos que divulguen por ahí lo original de la idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no cuento, ¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted sigue en su tarea...
Y Espina respondió, impávida: