—Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. Has sido muy amable en venir, como te encargué.

¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración es ésta? Llamar á Lina será una diablura; pero ¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia aprueba; él y Espina fuman, serenos, amigables.


Y sigue la historia. Me había levantado ayer hostigado por la preocupación más común, estúpida y agobiadora del mundo. No tenía un cuarto; no tenía lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un ciego.

Las encerronas con Espina en esto habían venido á parar. No trabajar, rehusar encargos de gente que según Espina no es lo bastante smart para que yo le dispense tal honor... Y el sacristán de lo que canta yanta...

¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero es una de las peores cochinadas de este cochino mundo.

Pero también, como pasa con otras cochinadas, si nos falta viene la muerte.

Cada peseta representa una gota de sangre; cada duro es un nervio; cada millar de duros, un pulmón.