Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero.
Empecé á revolver mis libros, por si desentrañaba algún retrato sin cobrar, y me encontré que, excepto los consabidos millonarios y una diplomática ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que pasaba era que tenía algunos retratos empezados; pero como hace tiempo que rehuyo dar sesión, no he terminado ninguno.
Un sudor de angustia me corría por las sienes. Encontrábame además en ridículo. Espina tenía derecho á burlarse de mí, pues le había sacrificado neciamente mi manera de vivir,—mi sustento diario.
¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. ¡Ni que yo fuese un codicioso! Es que el dinero, qué diablo, no hay hora ni momento en que no nos haga una falta terrible. Sin miaja de codicia, somos esclavos de él. No es codicia necesitar aire respirable. Nuestra sociedad respira por el bolsillo.
Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente para disculpar...
Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin falta, el alquiler de la casa, la soldada del fámulo, las cuentas galanas de la portera, la leche de Bobita, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que vivir.
¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la baronesa? ¿Cómo me recibirá? ¿Qué cosazas dirá de mi desorden, de mi falta de cabeza, de mi desbarajuste?
Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas meditaciones, llaman; entra Valdivia, tétrico y ceñudo.
—¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos que hablar...
¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué saldrá de aquí!