—Tenemos que hablar...—repite.—Pero antes, hágame usted el favor de un vaso de agua clara...
—¿De agua clara?—repito embobado.
—Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; mi estómago me está gratificando, desde por la mañana, con una gastralgia horrible... ¿No le ha dolido á usted nunca el estómago?
—¡Ya lo creo que me ha dolido!—respondo con expresión.—Sin ir más lejos, ayer...
Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente de franca simpatía, empezamos á confiarnos nuestras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso que bien le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia unos días la cabeza, otros el estómago, siempre las articulaciones, muy á menudo los riñones y no pocas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal de qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo cuántos. Los médicos le han ordenado rigurosamente campo, reposo, nada de emociones fuertes, un régimen de lo más severo.
—Pero—objeto yo—entonces...
—Entonces—replica afablemente, mientras deslíe el bicarbonato—tales prescripciones no se siguen jamás. No hay valor para separarse de María. Los médicos, ¿qué saben?
—¿Por qué no se van ustedes los dos al campo?—pregunto.—Allí, con un poco de voluntad...
Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del hombre con espolones de acero—lo he visto, no puedo dudarlo,—se arrasan de lágrimas. Me echa una mirada infinitamente expresiva, de esas en que se vuelca la urna de la pena, y murmura, bajando la cabeza y como acortado:
—Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, de encerrarla en una aldea á la cabecera de un enfermo...