Y, pronunciada la primera frase, quitado el primer tapón, la confidencia, de un modo casi involuntario, surte de los labios secos, marchitos. Sale á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humillada, resignada; pero sale, entreverada con quejidos sordos que la tenaza de la gastralgia arranca del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud perdida se mezclan con quejas del animal que sufre y del enamorado que no ha podido curarse del daño que el filtro causa. Al principio se tropieza en las palabras, se quiere tapujar, velar con formas decorosas lo ignominioso. Poco á poco se va ahondando, se introducen los dedos en la llaga, se descubre la infección. Por los bordes abiertos y sanguinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos afrentosos.

—¡Ni un día sin celos!—repetía hecho un ovillo en el sofá, porque arreciaba la gastralgia.—¡Ni un día de dulce sosiego, de serenidad, de fe! ¿Comprende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y á veces, créalo usted, sin ser supersticioso, me ocurre que estoy embrujado. Hay días en que me parece que odio á María más que otra cosa. ¡Desconfiar, desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de mi desconfianza? Mi detestable experiencia. Si yo fuese un poco menos corrompido, fiaría más en María, y eso ganaba. Por haber sido traidores creemos que nos traicionan. Me da por ataques repentinos, como el dolor de estómago, y es gracioso: se me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi desgracia es tanta, que estoy gastado para la voluntad firme de realizar un acto de energía, y no lo estoy para el sufrimiento que dicta esos actos á otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha puesto aquí que si mato á María quedo libre de mi obsesión; porque muerta ella no hay celos, y mi pasión es celos; nada más. Suprima usted esa negrura, y el amor se evapora. Si me parece que con tanto devaneo celoso no estoy enamorado; no quiero, lo que se dice querer, á María... Oiga usted esta monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué piensa usted? ¿Me cree loco?

—Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean á los dos. En su caso de usted, yo tan fresco. Ahí tiene usted... Sólo me desvela mi pintura, los medios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparentemente se diría que me aproximo á mi ideal, la verdad es que á cada paso lo veo más distante. No tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo tan mal, que...

Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este hombre no va á creer nunca que hablé así... arrastrado por el torrente de las espontaneidades.—Me miró con interés, y exclamó con una bondad que me pasó el alma como un cuchillo:

—Cuente usted conmigo para todo. Tendré verdadero, verdadero gusto en serle útil. ¡Y, á propósito! Me alegro que se suscite esta conversación, porque soy su deudor de usted, y he de pagar, antes que con mis males y mis chifladuras me distraiga. Dos retratos de María ha hecho usted ya.

—No—me apresuré á gritar,—uno solo. El otro es un boceto, un estudio.

—El otro es más bonito por lo mismo, por la libertad, por la fantasía. Ese es mío; lo compro yo. El otro casi está terminado, y en París le dará á usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le debo? Sencillamente, entre amigos...

Al oir la cifra protestó.

—De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los precios madrileños; aquí es de balde todo. Permítame que inaugure los precios franceses. Dos mil francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, justamente...

¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un golpe! Oscilé de emoción. Me veía salvado, libre, pertrechado para la guerra. Pero era demasiada vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero de aquel... ¡Extraña casuística! Si me paga al precio de Madrid, no me da empacho...