—Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado usted bien; le debo á usted más. Ya sé lo que pasa con María. Le ha hecho perder un tiempo precioso, y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de parroquianas. Porque María es así. No habrá consentido que retrate usted, esta temporada, sino á quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su culpa, diez ó doce enemigas...

¡Perspicacia singular, alternando con absoluta ceguera: tú eres la característica de los enfermos de celos crónicos!

Todavía añadió:

—Y, por supuesto, cuente conmigo en París—adonde espero que se vendrá ahora en nuestra compañía—para lo que le haga falta, sin restricciones... Me causaría usted una contrariedad si se dirigiese á otra persona. No tema, no recele carecer de nada al establecerse allí. La amistad de Valdivia es algo más que fórmula. No lo dude.

Hablando así, alargóme la mano, seca y calenturienta, y no me atreví á retirar la mía, de seguro temblorosa.

—Sea usted mi amigo—dijo melancólicamente.—No soy un hombre demasiado feliz, sino todo lo contrario. Sólo la amistad mitiga, á veces, las quemaduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que esa mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fondo, créame... ella no es responsable del mal que hace. Se encuentra sometida á una fatalidad... ¡Si usted supiese lo que he batallado para apartarla de mi pensamiento, para quitarme el vicio y la borrachera de su amor! Usted puede prestarme un gran servicio, á cambio de todos los que yo estoy dispuesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia cuando le cuente mis penas, y no se burle, como se burlan los amigotes de María en París y aquí. Delante de ellos me presento como un hombre material y cínico, harto de todo; y me creen, porque son lo mismo. Están gangrenados.—Les aborrezco.—Hay, especialmente, un compañero de usted, un pintor belga, ¡que si yo tuviese valor para malquistarme con María, mi mayor delicia sería clavarle una bala, después de escupirle! Sospecho que me ha engañado con él, y he de seguir recibiéndole, y he de tratarle como si tal cosa, y hasta dar almuerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es aplastante sentirse hombre civilizado, de una civilización extrema, que divorcia la acción del sentimiento? Ya le conocerá usted, ya conocerá á ese tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hundiese daba yo ahora mi sangre!

—¿Marbley? ¿El del Harem turco?

—¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? Á fuerza de reclamos se ha impuesto. Un farsante, sin miaja de genio; un hombre que sólo piensa en cobrar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. ¡Si supiese usted cómo cultiva el género! No hay ardid que no emplee. Paga artículos en los periódicos; no sale de los tocadores y de las faldas. ¡Y envidioso! Ya verá usted en cuanto eche la vista encima á este delicioso retrato. Se lo voy á refregar... Quítele usted la clientela, arrincónele, aplástele. Ese complot tenemos que tramar... Y cuente usted con Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado!


En lugar de dormir bien, guardando en cartera cuatro mil francos, no descansé en toda la noche. Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos insomnios invencibles que determinan en mí al igual las impresiones de placer y las inquietudes profundas; oía á mi cabecera el tiquitiqui del relojillo, metido en su marco de plata repujada, y me parecía, sensación en mí bastante frecuente, que la cama estaba invadida por miriadas de hormiguitas, y que estas hormiguitas, zigzagueando, se me paseaban por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se desvanecía como el humo disperso por el vendaval. Me ardía la frente. Y, en el alma, bochorno, dolor inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo de las palabras de Valdivia.