Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no me rebullo en la perfidia como en el agua el pez. Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera... No puedo. La indiferencia moral, que me pareció hasta una gracia en Espina, en mí—reconozco la contradicción—me parece sencillamente, en este caso especial, una canallada. Á darle su nombre verdadero, yo seré un canalla, el último, el presidiable, si me aprovecho del dinero de Valdivia y, al mismo tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho de Espina por mí.
Bienaventurados aquellos que ó son malos ó buenos del todo. Yo no siento constantemente el estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo, tengo impulsividades honradas.—Cuando empezó á filtrarse el día al través de los resquicios de la ventana, había formado una resolución. Estos cuatro mil francos... bueno: el precio de París. ¡Pero ni un céntimo más! Y por mí, sosiéguese Valdivia. Ya puede Espina agotar sus artes. Muy amigos, sí; trato, conversación... No otra cosa.
Y con esta decisión firme, que á mi ver lo concilia y lo borra todo, las hormigas desfilan en silenciosa caravana, mi frente se refresca, mi pulso se normaliza... Me quedo dormido regalonamente.
Mi fatuidad—porque en este medio me he vuelto fatuo—me sugería que iba á ser necesario luchar para dar un corte á la relación íntima con la Porcel. Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza, con exageración (lo hice detestablemente), Espina adivinó, tragó la píldora, me miró con sorpresa burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso y cómico; luego, con calma é indiferencia en que había menosprecio, sacó un cigarro de su primorosa petaca y lo encendió, demostrando, como casi siempre que fuma, impresión de bienestar, de euforia, debida, sin duda, al opio que encierran sus papelitos largamente emboquillados.
Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, les acompañaría á París, me miró atentamente, y en sus ojos de venturina derretida, irradiadores, vi lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un gesto de los que se hacen cuando el destino se impone.
—Mucho me alegro de que le tengamos á usted por allá—pronunció despacio, con expresión enigmática.
No me había apeado nunca el tratamiento, ni en medio de nuestras breves pasionalidades; el toque de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez por desdén. Asimismo observé que ha guardado conmigo cierto género de pudor, no permitiéndome ver de su cuerpo absolutamente más de lo que exigía el retrato.
Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero capricho; segura de su atractivo perverso, sonríe de un modo insolente, con reto en la actitud. Me consagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale encantador.