Empieza á correr en los círculos sociales la voz de que me voy á París con Espina, y la gente me jalea, me halaga más que nunca. Convites en todas partes. La animación matritense es ahora extraordinaria, febril, por la venida del rey de Portugal y consiguientes festejos.
Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. Correspondes á una etapa de mi vida en la cual no hice sino falsear y bastardear mis instintos verdaderos, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis convicciones, que eran mi apoyo, sentir que á cada paso me aparto del ideal... y ni siquiera reunir ochavos, porque la verdad es que en Madrid las bolsas andan escurridas y lo único que se logra es trampear...
Siempre que emprendemos un viaje, entra por mucho en nuestra animación la esperanza de que va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á renovarnos.
Á bordo del barco en que vine de América, recuerdo cuánto me sonreía esa ilusión. La nueva existencia sería, forzosamente, mejor que la pasada; aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con todo, si entonces me hubiesen vaticinado el golpe de fortuna y el arrechucho de moda que me aguardaba en Madrid, hubiese dicho que era imposible.
Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo que podía fantasear, y sólo experimento, al emprender otra peregrinación hacia la tierra prometida, repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que infunden la comida mascada y el pan mordido. Quizás me espera en París el verdadero desencanto: la certeza de que no tengo puños para lo único que importa.
Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno convencerse nunca?
El retrato de Espina trastorna la cabeza á las señoras que lo ven. Realmente (lo conozco), es (aunque algo cromito, cromito siempre) de una etereidad, de una magia seductora. La cabecita rubia, los nacarados hombros, virginales (Espina tiene una porción de detalles que no pueden llamarse sino así), son un hechizo de finura. Los tules y las rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece que las flores están salpicadas de rocío, y que sus hojas de seda van á moverse, á caer lánguidas, dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de aquí—y no exceptúo á Lina Moros, que por cierto está torcidísima conmigo, que no tengo culpa de las extravagancias de la Porcel,—el efecto de sencillez, un cuadro sin una joya, sin un lazo, es atrayente, exquisito. En fin, el retrato de Espina hace la competencia, como acontecimiento mundano, á la venida del monarca portugués.
En ecos periodísticos, en las conversaciones, un concierto de elogios. Y decir que al mismo tiempo que me inciensan, yo creo sentir alrededor del pescuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi eterna mediocridad.
¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles como Valdivia, esos á quienes la fidelidad ó infidelidad de una pindonga...