Estas crudezas que pienso y escribo aquí me avergüenzan también; pero comprendo que si tuviese la seguridad de mi talento, de mi genio; si la tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso y caer luego en desaliento incurable, si yo fuese Van Dyck, me creería autorizado á pensar como me diese la gana de cosas y personas, y á retratarme con mi engañado protector, sin escrúpulos...
Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es águila.
Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que un pastelista de salón.
Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo averiguo!
He rehusado casi todas las invitaciones, sobre todo las de los bailes: esto de no asistir me da tono... y comodidad. Las comidas las he aceptado, porque se come mejor que en casa, naturalmente. He ido á despedirme de las Dumbrías, que se alegran francamente de mi salida en busca de aventuras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar de Fierro, que se ha conmovido algo (como se conmueven los viejos, pensando en sí mismos, en contingencias de no volver á ver al que despiden), y me han llenado de consejos acerca de lo que debo reparar en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. Además me ha dado cartas y tarjetas para que visite colecciones particulares que no se enseñan. Y á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas—llamémoslas así, aunque sea presunción,—aprovecharé la butaca que me envía la Sarbonet para la función regia en el Teatro Real.
¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peticiones de localidades han sido tantas, que el ministro, oigo que dicen á mi lado, andaba loco. Ha sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en cada palco. Los señores, como puedan. Las que han conseguido sitio desde el cual se ve á la Corte, satisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, se prometen invadir el palco de una amiga en los entreactos para saturar sus ojos de la atracción. Cantan nada menos que el Don Juan, de Mozart, pero nadie quiere oir una nota de la divina música. Más que los cantantes, cuya voz ahoga completamente el abejorreo de los diálogos, de las observaciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan al público los dos alabarderos de guardia en los ángulos del escenario con el telón, inmóviles. Son dos apariciones de antaño—morenos, mostachudos, serios,—estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he visto á estos mismos alabarderos, en la corrida regia, resistir con las alabardas, al pie del palco que ocupaban las reales personas, la arremetida del toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zuloaga...
Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la Corte, cuyo gran palco domina la Sala, trastornando la categoría de las localidades, elevando al primer rango á los palcos principales, otros días refugio de la gente de medio pelo, y hoy reservados á los diplomáticos, á las damas de la reina, á la alta servidumbre, á lo más granado de la concurrencia. Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí se queda eclipsada mi perfumería. Es difícil discernir qué olor domina: si los aromas fuertes, ingleses, que gastan los muchachos bien, ó las sutiles composiciones francesas, mixtiones delicadas y personalísimas, de las cremosas. El conjunto levanta dolor de cabeza y solivianta los nervios.