Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por dos pesetas, y me dedico á pasar revista.

Es un abigarrado, un mariposeador remolino de hombros y senos salpicados de pedrerías, arroyados de perlas; de cabezas coronadas de brillantes; de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras de blanco cartón. Es lo que desde hace meses me dedico á retratar; son mis modelos, mi clientela, mi mundo, reunido y luciendo el tren de sus vanidades, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, posición, galantería, superioridad social; éste es el momento crítico en que las pequeñas Quimeras, las Quimeritas, revolotean ladrando, soltando humo por las fauces...

Descanso los gemelos un instante. Á mi derecha tengo un gallardo, un magnífico maestrante de Ronda. Su casaca ceñida le presta arrogancia militar, bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus calzones blancos modelan sus esculturales muslos. Mira con mezcla de interés y desdén á los palcos, sonríe de vez en cuando á una cara conocida, arquea las cejas de puro ébano, contrae una frente juvenil, encuadrada por el pelo negro alisado exageradamente, según el decreto de la moda. Se ve que tiene calor y que más bien se aburre que otra cosa... pero sería lástima que se fuese, con tan hermosa estampa. Á mi izquierda dos damas muy maduras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda la noche de Dios porque no han conseguido asiento en un palco. Su mal humor se traduce en murmurar de todos y de todas, en cuchichearse, escandalizadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar falsas las perlas y los brillantes de cuantas lucen corona heráldica, y en criticar el reparto acerbamente. Viene á saludarlas un señor calvo, obsequioso, y le endosan la relación. “Figúrese usted que nos ha engañado el ministro... Hasta última hora prometiendo palco, y luego nos encaja esta ridiculez.”

El señor, sin duda para consolarlas, musita misteriosamente: “¿Y saben ustedes que está en las butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas Castillas? ¿Una cocotte? Está, acabo de verla... Un escándalo...”

Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío apenas descubro una cara satisfecha. Querían palco todas. Unas disimulan, otras están furiosas sin rebozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sacado el fondo del baúl. Entre los trajes claros hormiguean los fraques y los uniformes; y me fijo, admirado, en la cantidad inverosímil de condecoraciones, placas y cruces que brillan sobre el paño negro, azul ó rojo. Si á estos signos se atendiese, somos el pueblo que cuenta con más héroes, con más sabios, con más gente ilustre por un concepto ó por otro. Hay pechos que son, no un calvario, como impropiamente se dice (¿qué valen tres cruces?), sino la Vía Apia el día de la célebre crucifixión colectiva.

Tampoco escasean las veneras y distintívos de Órdenes militares, ni faltan maestrantes de Sevilla, Zaragoza y Ronda,—pero ninguno con la planta arrogante del que á mi lado se sienta.—Sin embargo, la vanidad burguesa se sobrepone á la nobiliaria; la inundación es de bandas y condecoraciones militares y civiles, llegando á parecerme de buen gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de Santiago, que algunos llevan como único distintivo. Miro á mi frac enteramente liso y desnudo, condecorado con tres tallitos de muguet y dos violetas blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vanidades, encastillado solamente en mi orgullo loco de querer ser algo que no se expresa con una cinta de colores ni con un trozo de metal.

¡Á los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, las que he retratado, y también las que no he querido retratar. Ahí las Dumbrías, en platea, con las hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su heráldica diadema, su aire de gran señora. Ahí la Marquesa de Regis, honradota, luciendo apelmazadas alhajas de familia, absolutamente fagotée... y su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de cuatro meses. Ahí la Fadrique Vélez, pintada, empavesada, dislocada, porque tiene cerca, de uniforme de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, porque la han puesto con la Lanzafuerte y las Vegamillar, la pura crema de la pura nata... Y un vapor de recuerdos me forma y dibuja la silueta de una carmelita, postrada en un coro donde hay sarcófagos de piedra, góticos, de Infantes de Castilla y León...

En el cristal de los gemelos se incrusta la cara regordeta, de cocinera, de la Sarbonet. Sobre su pelo, teñido de color caoba, brilla, entre los follajes de yedra, una serie de estrellas de pedrería, y riachuelos de brillantes se escalonan en su tabla de pecho apetitosa, de jamona en punto. Desvío los gemelos, y recaen en la duquesa de Calatrava y en la marquesa de Camargo, reunidas con Celita Jadraque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como á pavos en Navidad. Justamente, la Camargo las alzaba, las sopesaba en aquel momento, recordándome la escena del taller.

Á renglón seguido, Lina Moros, con un traje negro, refulgente de lentejuelas de acero, una rosa roja, enorme, en el tocado, y una hermosura que sólo la envidia de una neurótica pudo discutir. En el mismo palco, una de esas diplomáticas averiadas, viejas y horribles, que aquí nos endosan á veces, y otra encantadora—la francesa,—deliciosamente ataviada, con un talle y un chic que á París me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la madre de aquel Robertito travieso que descubrió una petaca que yo creía sustraída por la infeliz Churumbela... Y más allá, la de la encerrona inocente, la marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndome un signo confidencial... Á su lado, el palco de la noche, después del de los Reyes; el palco hacia el cual convergen las miradas; el palco donde da postín entrar y sentarse un entreacto; el palco donde están de visita Lope Donado y Manolo Lanzafuerte, é irreprochablemente vestido, con la sonrisa en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de tono, sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Espinita. Y es toda la contradicción de la sociedad actual este palco: la alta representación de la casa de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, al lado de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin aleación, el talco...

La Flandes, erguida, larga de líneas como una ninfa de Goujon, no parece sentir el peso de la soberbia corona ducal que surmonta sus negros cabellos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico, que rodea su garganta, donde caben aún una carlanca de perlas más chicas y un río de enormes solitarios. Espina, por estudiado golpe, se ha complacido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexible, y la guirnalda de rosas naturales, sin otra diferencia sino que la salpican, en vez de gotas de agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que al moverse la envuelven en chispas de irisadas luces. Y está seductora, y de boca en boca comprendo que corre la noticia: “es el traje con que Lago la retrató”. Me parece escuchar los madrigales, las bromas, los comentarios. Miro al palco de las testas coronadas, y se me figura que la Reina, valiéndose de sus lentecitos de concha, por no fijar los gemelos, nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, haciendo no sé qué observación á media voz, algo que podría ser elogio. Entre el remolino resplandeciente de bandas, placas, colgajos, se destacó entonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron á trabajar en mi dirección, como si buscasen en mi cara la explicación de muchas historias. Entonces, sin esperar á que se alzase otra vez el telón y la estatua del Comendador pisase con pies de piedra la casa de don Juan, opté por desfilar; me abrí paso difícilmente, esquivé á los cumplimentadores, á los preguntones, á los buscadores de emoción; huí del acosón del grupo de muchachos que en el foyer se apiñaban, y tuve la oportunidad de desaparecer, dejando en el teatro mi idea, mi nombre zumbado en mil charlas, detrás de los abanicos, como un nombre de triunfador.