Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fatigas un simón que me soltase en mi casa, me reía de mí mismo; me estimaba al propio tiempo, por la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las Quimeritas de cartón que quedan agitando sus alas tenaces, en ese ambiente tan lleno de olores y de mentiras...
Al otro día Valdivia me informa de que ya tenemos asientos reservados en el sudexprés.
Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está conmovido, más blando que una breva. Le falta poco para llorar. Me pide, como á una novia, que le prometa escribirle.
—Mira—le digo,—las Dumbrías, la Palma y tú, es lo único que siento dejar en Madrid. Porque á Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya lo sé... pero no es posible que se la confíe á nadie.
—Te la cuidaría yo bien—objeta Marín afanoso.
—No; si es que carezco de valor para separarme de ella. La quiero conmigo, ¿sabes?
Cenizate queda encargado de “darse una vuelta” por el taller, á ver si los porteros lo tienen barrido, limpio y ventilado, y de escribirme todo lo que ocurra.
—En Septiembre ó en Octubre—murmuro—debieras venirte á París, á pasar conmigo unos días.
Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil cachivaches, y cuando me dejo caer fatigado y descorazonado en el sofá, me habla de mis triunfos franceses próximos, de que voy á ser allí un Gayarre de la pintura, á metérmelos á todos “en el bolsillo”. Le permito disparatar por su cuenta.—¡Madrid, adiós!