III
PARÍS
Sentar el pie en la estación del Quai d’Orsay no causó á Silvio el efecto que se había figurado. Le sucedía así con frecuencia,—agotar el contenido de una emoción con la fantasía, desflorándola de antemano;—previendo todo, y más aún, de lo que la realidad contiene.
La presencia del ayuda de cámara y el lacayito de Valdivia le evitaron esas molestias de la llegada que influyen en la impresión de una ciudad desconocida. No tuvo que pensar en su saco, su rollo de mantas y su baúl. Se encontró el equipaje entero estibado en la galería de un fiacre, y hasta dadas las señas del hotel donde Valdivia le había retenido habitación. Al despedirse, Espina le notificó que le esperaba á almorzar al día siguiente, añadiendo el brasileño que, á ser posible, le llevaría algún colega distinguido, algún periodista, algún crítico de arte.
—¡No!—suplicó Silvio, azorado.—Señor Valdivia, ¡otro género de exhibición! Vengo aquí á estudiar.
—¡Pero también á vivir!—arguyó el protector.—¡Si no le lanzamos, no le encargarán, no ganará! ¡Es preciso que corra la voz, que se conozca esa preciosidad que traemos bien encajonada, esa lindísima efigie de María!
No respondió Silvio. Valdivia llevaba razón; pero al hollar el pavimento de París, le dolía sentir otra vez el yugo del maldito trabajo útil; presentía, con repulsión, el subibaja de los arcaduces de la noria, el retratar para vivir, el vivir para retratar, sin alma, sin ideal, sin tregua...
No se hallaba fatigado, á pesar del feroz traqueteo del sudexprés, el más quebrantahuesos de todos los trenes. Apenas el fiacre le soltó en el zaguán del hotel—uno barato, en la calle Daunou,—y encomendó sus bagajes, se echó á corretear á la ventura, con ese afán de apoderarse cuanto antes de la topografía y los aspectos de las cosas, que caracteriza á los viajeros algo inteligentes. Fué á dar, de la primer zancajada, á la calle de Rivoli. Contaba, para no perderse y no tener ni que preguntar, con el conocimiento instintivo de esa ciudad que nadie ha dejado de ver en sueños antes de pisarla. Sabía de memoria el plano de París. Todo era familiar, previsto, manejado, como rostro conocido, cuyos rasgos se llevan en la memoria. Le sorprendería que algo de París le sorprendiese: hasta tal punto estaba seguro de cobijar dentro de sí, por incesante frecuentación espiritual, á París, á su forma, á su esencia.
Los nombres de las calles eran música, cuyos ritornelos tarareaba. Desde América, se había impregnado de París. En Buenos Aires, de París hablan los artistas como de la tierra de promisión. En Madrid, hasta los gatos hacen la naveta, van y vuelven cada verano. Los nombres de los grandes pintores franceses, como clavos hincados por martillazo seguro, habían penetrado en su cerebro, y advertía, al perderse en las vías de la amada Metrópoli, esa impresión á la vez prevista y honda de los sitios respirados moralmente, antes de haberles bebido el aire.