De la larga y amplia calle de Rivoli, revolvió á la Plaza del Teatro Francés, y con goce pueril deletreó el anuncio de las funciones para la semana: Le Misanthrope, de Molière; Phédre, de Racine. El teatro estaba iluminado; entraba gente; Silvio sintió impulsos de pasar también. Pero el antojo de seguir flaneando pudo más, y echó Avenida de la Ópera arriba. La Ópera—el edificio neroniano—se erguía más elegante de noche, apagado el brillo de sus oros y el colorido de sus mármoles, fundido todo en armonioso conjunto. El grupo de Carpeaux, entrevisto, era ligero, puro, de una sensualidad espiritualizada. Ante la Ópera, el Bulevar rechispeaba de luces, rebosaba gentío; se agolpaban alrededor de las mesas de los cafés, sacadas á la acera; circulaban sorbetes y refrescos.
Silvio, rápidamente, anduvo, anduvo hacia la Magdalena; contempló un minuto el seco monumento; después retrocedió, atraído por el foco de la animación; volvió á cruzar frente á la Ópera; caminó en dirección al antiguo solar del Teatro de la Ópera Cómica, destruido por voraz incendio; evocó minutas de comidas refinadas al rasar el café Inglés, letras cobradas y millones removidos rozando el Crédito Lionés, y no paró hasta llegar cerca de la Puerta de San Martín. Desde allí se perdió por callejuelas sin fisonomía y sin recuerdos, y embriagado de soledad, recayó hacia el río, desanduvo, se entretuvo en los desiertos jardines de las Tullerías, y se enhebró y engolfó en los rincones de muelles y mercados, á la romántica sombra de las iglesias góticas y de las torres que hablan de historias muertas... Altas fachadas le echaron encima su silencio grandioso; el río, obscuro, mudo, le habló en el extraño lenguaje del agua que chapotea, que parece calificar de vanidad y miseria cuanto es acción, aconsejando la contemplación tan sólo... Y Silvio siguió adelante; buscaba la Cité, buscaba á Nuestra Señora.
No era difícil descubrirla: su masa solemne atraía la mirada desde lejos. La luna, roja y ardiente, como de Julio, había salido y ascendía; y Lago iba á ver y admirar, ni más ni menos que los poetas melenudos del Cenáculo, á Nuestra Señora de París á la luz del satélite, ironizada por Musset.
Alta ya en el cielo, plateaba la fachada principal, bañando las dos torres, dejando en tinieblas la finísima aguja. El artista veía resaltar las relevaduras prolijas y delicadas, la fila de estatuas bajo la enorme flor del rosetón, las figuras místicas que se alinean en la base de los profundos arcos avialados del pórtico, y la hilera de arquitos bilobulados, bajo los cuales se yerguen las veintiocho figuritas de reyes. El sentimiento que despertaba Nuestra Señora en Silvio era especial, poco sincero, facticio; en aquel instante deseaba ser uno de esos misalistas ó imagineros de que Minia le había hablado, que sin dolor y sin lucha, sin la dura angustia humana de nuestro siglo, produjeron labor de arte anónima para generaciones y generaciones. La edad presente, por un momento, le repugnó; la serena hermosura secular de la Catedral se impuso á su conciencia artística. Se vió deleznable, falso y, sobre todo, pequeño, inútil, impotente. Un desaliento incurable le hizo temblar las piernas y caer desmayadamente los brazos á lo largo del cuerpo. “Nunca, nunca”, escuchaba entre el silencio de la noche, ese hermoso silencio de los sitios poco frecuentados de las grandes capitales, silencio nervioso, realzado por la conciencia del ruido y bullicio alrededor.
“Nunca, nunca”. Era el efecto aplanador de París; la primera emoción depresiva de sentirse pequeño entre la muchedumbre. Así como en torno de la paz de aquel atrio, en tales momentos desierto, percibía Silvio el rumor oceánico de la gran ciudad, notaba también, difuso en el aire, latente detrás de las paredes de las casas, el esfuerzo enorme, la suma incalculable de trabajo y de voluntad que en París se gasta para salir á luz ó sólo para ganar la vida. Acordóse de los poetas del Cenáculo, de los que venían cada noche como druidas á tributar culto á la luna. “El mundo era más joven, la celebridad se lograba más pronto”, pensó. Después se fijó en que entre aquellos melenudos también había pintores, y un cierto Petrus Borel, universalmente famoso por sus luengas guedejas y su velida barba, no había marcado la menor huella en el arte. “Un destino irónico... ¿Y si fuese el mío que nadie me conozca sino por mis pasteles aduladores y mi tipo Van Dyck?”
Dejó caer la frente entre las manos, y cerró los ojos por evitar la divina claridad de la luna, que tiene la virtud de causar una especie de embriaguez á los felices y hacer insondable la tristeza de los poco afortunados. Empezó á acusarse, á vituperarse, á macerar su alma en su propio desprecio. Lo bello de la arquitectura da una sensación de solidez y supervivencia, que hace encontrar mezquino todo lo efímero. Para Lago, en aquel momento, los recuerdos de Madrid eran una niebla; el ansia de crear algo eterno, como un fuego activo, le devoraba las entrañas. La figura de Clara Ayamonte, evocada de súbito por la majestad religiosa de la Catedral, por los insidiosos balbuceos de la leyenda, flotó un instante, blanquecina, envuelta en su hábito, como disuelta entre la claridad ambiente.
“¡Cuánto la envidio!”—pensó el pintor.—“Yo no sé ni querer lo que quiero. Yo debiera no vivir sino para mis fines, para mi resolución. ¿Qué hay de común entre lo transitorio y yo? Está visto; la tela de mi carácter se rompe. Voy sin rumbo. ¡Cuántos años todavía de anhelar y no conseguir! ¿Tengo siquiera lo que se llama vocación? El que quiere hace lo que Clara hizo. ¡Es que Clara logró asirse á algo! Yo hasta he perdido la fe con que estudiaba la Naturaleza, sencillamente la impresión real de la Naturaleza, sin poner en ella nada de mi alma. ¿Será culpa de mi cuerpo? Indudablemente tengo los nervios desasentados. Muy á menudo siento la corriente de agua fría que me cruza por el estómago. Consultaré aquí á un buen médico. ¡Bah!—Dirá lo que todos. Higiene, campo, prívese de esto, tome lo de más allá... Y lo que me consume, este afán, esta locura, ¿me lo va á curar ningún potingue de farmacia? Ya estoy desengañado... Nunca pintaré. Nunca saldrá de mis manos lo que se llama un trozo de pintura. Cuento cerca de veinticinco años; pinto desde que era un muñeco; no he cesado un día de embadurnar. Si tuviese aptitudes, lo que se llama aptitudes ¿eh?, ya las habría demostrado. Soy un pelele, un blando pelele. ¡No hay que esperar nada de la inspiración! La inspiración no existe. Una serie de esfuerzos vigorosos y pacienzudos para libertarse de las admiraciones y encontrarse á sí propio—ahí está el arte actual.—Los románticos como Víctor Hugo descubrían genialidad desde los diez y ocho años. ¡Miseria la nuestra! Estoy á las puertas todavía, no he llegado ni á ese período de la admiración y la imitación. Iré al taller de un maestro y seré le petit espagnol”.
Rió con risa exasperada, alto.—“Bien, pues todo eso hay que hacerlo”—gritó con violencia frenética.—“Hay que hacerlo, así cueste la vida. ¿Pende de mí, y no se había de realizar? ¿El ansia que me devora, de nada ha de servir? ¿Lo que otro obtiene, me será inaccesible? Pende de mí, de mis cualidades inferiores... Paciencia, dotes de oficinista, de erudito apelmazado: ¡os solicito! Si es necesario invertir seis años, ocho, en labor obscura... qué rayo, se invertirán...”
Abrumado de desolación; convencido—allá en el fondo, muy en el fondo—de que no se invertirían, se levantó, contempló otra vez la majestuosa fachada. Allí estaba la catedral con la túnica de gloria, de celestes desposorios, vestida por los rayos de la luna. Su eterno candor, su eterna virginidad, sonreían castamente, murmurando estrofas vagas, himnos sin rima, cánticos misteriosos. Delante de la inmensa rosa que flanquean las otras dos menores, la figura mística, soñadora, de la Virgen, se ofrecía á la adoración de los dos ángeles extáticos, mientras allá lejos Adán y Eva lloraban su caída, que les había divorciado eternamente de la Belleza. “Sí, pensó Silvio: la bienaventuranza, el Paraíso, no es sino la hermosura”. Los simbolismos de la basílica le agitaron el alma un instante: creyó que arriba las gárgolas terribles, las fantásticas alimañas de la Era de plomo, se inclinaban para aojarle y cuchicheaban: “Destino, destino”. “Fatalidad”. Dolor súbito le paralizó. Su obra, fuese lo que fuese, desaparecería tragada por el tiempo. Nunca debía aspirar á duración en la memoria humana...