—¡Qué majadero soy!—murmuró sacudiéndose, desembrujándose.—Necesito dormir, y estoy aquí lo propio que si fuese uno del Cenáculo... Al hotel, al hotel; pero antes á tomar algo caliente.
Mucho le costó encontrar dónde tomar ese “algo caliente”. París no trasnocha: los restaurantes cierran tempranísimo; los cafés, punto menos. Por fin, en un café tardizo, pudo obtener un beefsteack y una bavaresa hirviendo. Al retirarse al hotel, pensaba:
—Para acostarse á las once y admirar catedrales, no merece la pena de venirse á París. Lo mismo sería residir en Burgos.
Al otro día almorzó en la primorosa residencia campoelisiaca de la Porcel. Los demás comensales eran Valdivia y una señora quintañona, viva, azogada; madama de Mélusine, especialista en reunir la actualidad y la novedad—artistas, poetas, cantantes, emigrados, estrellas rabudas,—dando saraos magníficos, en los cuales el mundo social se codea con el mundo estético, y donde los que han de vivir de la celebridad y el reclamo pueden hacerse notorios relativamente. Madama de Mélusine ha consagrado á esto su tiempo y fortuna; no la guía interés alguno, excepto el ansia, tan parisiense, de dar pasto á su emotividad, de buscar aliciente para la vida. Á toda costa esa levadura, esa sal en el manjar insípido. Madama de Mélusine sólo se agita para ofrecer á sus tertulianos la novedad, sea del género que sea; pianista húngaro, coplero felibre, novelista rumano, conspirador polaco, authoress inglesa. Silvio, mediante el almuerzo, caía en las uñas de la emotiva. Desde el primer plato tenía la invitación á comida y postcomida en la casa internacional.
—Pienso—declaró Silvio—concurrir poco á fiestas. Aquí, mi deseo es rehuir cuanto no sea el trabajo. Pero aceptaré una vez... y agradecido.
El almuerzo era delicioso; sobre todo, servido con filigranas y detalles que sorprendieron á Silvio, aun después de haber sido comensal de casas muy copetudas de Madrid. Todo sencillo, en apariencia, y en efecto, refinadísimo. Las manzanas de la canastilla de frutas, por ejemplo, sobre que no se comprendía verlas tan frescas en Julio, eran todas exactamente del mismo tamaño y forma, y se advertía que habían sido frotadas, bruñidas, para sacar un lustre que las hacía parecer de oro y carmín. Las uvas tardías, limpias, como recortadas en jade, ofrecían la misma igualdad. Las flores eran raras; los últimos descubrimientos en floricultura. Las había por todas partes. En medio de la mesa se alzaba y se derretía dentro de un tazón enorme de cristal un grupo de ninfas tallado en hielo, sobre un macizo de orquídeas. Manjares, vajilla, cristalería, servicio, mantelería, llevaban la marca del vehemente lujo de la Porcel, y aumentaba la sensación de alta vida, el encontrar todo tan en su punto, á las pocas horas de llegar á París la dueña de la casa. Como madama de Mélusine demostrase halagüeña sorpresa, Espina sonrió, irónica ante el elogio.
—Lo mismo estaría si viene usted á cenar anoche. Y lo mismo me tienen la casa preparada—excepto las esculturas en hielo; para eso es necesario avisar al artista—cualquier día de mi ausencia. Mis órdenes son terminantes. ¡No faltaría más que llegar de sorpresa y poder dibujar el nombre sobre polvo en las lunas de los espejos!
Á aquel almuerzo siguieron otros. Diariamente estaba convidado Silvio; hacíanle, de vez en cuando, conocer alguna gente: periodistas, escritores, gente de banca, amigos de Valdivia. Percibía que en Madrid hay varios círculos y una sola sociedad, mientras en París hay múltiples sociedades que apenas coinciden. La rápida entronización de Madrid no era fácil aquí, donde tanto se tarda en pasar de un grupo á otro, que cabe invertir, en el traslado, la vida entera. La sociedad en que Espina podía introducirle era de la mejor, excepto el barrio propiamente dicho, y su composición mixta, conveniente á los fines del artista joven que desea darse á conocer y reclutar clientela. Ya había sido presentado á personalidades. Madama de Mélusine representaba el elemento estético y cosmopolita; la condesa de los Pirineos, la verdadera aristocracia, arrabal de San Germán; la embajadora de España, la colonia española; Valdivia, la americana, portuguesa y brasileña, almidonada, seria, que puede pagar ultragenerosamente, si quiere, un retrato que agrade.