Á proporción, sin embargo, de los medios de favorecerle que poseían Valdivia y su amiga, Silvio creyó notar que no le empujaban tanto, tanto. Una frialdad ligera, suave, se insinuaba en sus relaciones. Algo raro le pasaba á Valdivia: algo distinto de antes había en su voz, en sus ojos desviados rápidamente, en sus gestos. ¿Sería que...? Silvio, por una anomalía muy frecuente, creíase del todo impecable; á Valdivia ningún mal le había hecho... puesto que ya voluntariamente se abstenía.—Y declaró al brasileño injusto, versátil.

En espera, se dió á visitar, durante las ociosas mañanas, los museos. El del Louvre el primero; así lo quiere la rutina. Salió del Louvre menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado. En Madrid era la pintura de dos ó tres maestros lo que le había sumido en una especie de anonadamiento, seguido de fiebre; aquí era el conjunto grandioso, el acarreo de cientos de siglos, de tantas formas de arte, de tantas épocas, de tanta influencia de la historia, la religión, el clima, la forma de gobierno, las costumbres—sobre una cosa que él hubiese querido ver inmaterial y alada, el arte.—Al recorrer las grandes salas asirias, egipcias, persas, griegas, romanas, se dispersaba y evaporaba su espíritu. En Madrid sentía, como sillar enorme sobre el pecho, la grandeza de los titanes, á quienes era inútil pensar en aproximarse nunca; aquí, en cambio, el peso muerto de las edades transcurridas, la fuerza incontrastable que ejerce la época á que pertenecemos, y que nos arrastra, como colosal Caronte, por el río negro, hacia donde el barquero quiere, sin tener en cuenta nuestra voluntad. Al mismo tiempo, la idea del progreso en arte, la aspiración á fórmulas nuevas, que expresen algo bello mejor y con más intensidad de lo que en ningún tiempo se ha expresado, se desvanecía para siempre en Silvio. En cada edad hubo obras maestras, definitivas, y no existe escultor moderno que supere en naturalismo, en verdad sencilla, de puro sencilla fulminante, al desconocido egipcio que modeló el Escriba, ni ceramista que venza en elegancia al autor de ciertos azulejos asirios del palacio de Artajerjes. Se admira su obra; pero nadie conoce su nombre. Este anonimato le parecía á Silvio una aureola. ¡La miseria del nombre!—El caso es haberse realizado plenamente, en una obra soberbia.—Pensativo, se detenía al pie de algún coloso de pórfido rosa, cavilando en lo que sería la crítica en aquellas remotas edades; en lo que dirían los inteligentes de entonces, que seguramente los habría, pues no se concibe arte sin quien lo saboree y lo juzgue. Se figuraba los pórticos guarnecidos de hiladas de esfinges, las teorías de columnas con capitel de loto ó de cogollo de palmera, y soñaba egipcios de facciones aniñadas y regulares, egipcias con tocado de escarabajo hierático, discutiendo la última obra de un ilustre de entonces.—“¿Me satisfaría á mí esa clase de público?—discurría Silvio.—¡No! Necesito gente de ahora, que siente como yo y sufre las mismas ansias. Sólo me importa el efecto que una obra mía pudiese causarle á Minia, ó á aquel á quien yo desearía parecerme... Y según esto, la gloria, nuestro hipo de gloria, ¿qué es? ¿Es orgullo? ¿Es vanidad? ¿Es el goce del niño que enseña un juguete á sus camaradas?”

Por más que se esforzase, no podía representarse á los egipcios admirando algo que hubiese pintado él. ¿Qué placer sería los aplausos de Tebas? ¿Aplaudirían al menos? No; les pareceríamos bárbaros. Y, sin embargo, la estatua del Escriba es el non plus ultra de lo que pudiese hacer un moderno para ajustarse á fórmulas de estética que han revolucionado el arte en nuestro siglo...

Mientras Silvio devanaba estas filosofías, Valdivia, algo distraído y remiso, le proporcionaba, no obstante, un taller alquilado en una calle próxima al bulevar de Estrasburgo. El pintor á quien el taller pertenecía viajaba á la sazón, tomando apuntes de paisaje por las montañas del Delfinado; proponíase terminar su veraneo en una playa, y había dado al portero orden de subarrendar. Á Silvio le ilusionó infinito el taller, asaz modesto, amueblado con cuatro trastos, tapices hechos jirones y remendados, cacharros encolados y rotos, sillas paticojas; un tufillo de bohemia; pero al cabo, ¡taller en París! Desempaquetó y colocó, ante todo, el retrato de Espina, que en aquel camaranchón polvoriento semejaba un rayo de primavera, entre la frescura de sus rosas y la nube cándida de sus tules.

—Tenga usted paciencia—díjole desabridamente Valdivia.—París no es Madrid. Pequé de optimista, empiezo á comprenderlo. Todavía no hemos podido encontrar para usted retratos. María pensaba dar una fiestecita y enseñar el suyo... ¿No le habla á usted de este plan?

Al formular la interrogación, la mirada del celoso era indefinible. Silvio creía notar en ella una interrogación, un reproche, algo bien distinto de la cordialidad de antes. Por contraste, Espina no daba ni señales de recordar lo que más hiere el amor propio de una mujer: el corte de la relación de amor, sin excusa válida. Nunca en sus ojos de avellana puntilleados se encendía la llamarada del capricho ó se tendía la niebla del recuerdo; nunca hablaba á Silvio con ese vago tono de tristeza del bien perdido, que delata la tortura de la memoria y la persistencia del cariño invencible.

Por instantes alarmaba á Silvio la actitud demasiado serena de Espina. No era lógica tal conformidad, mediando lo que había mediado, mientras continuaba viéndola, tratándola, frecuentando su casa. ¿Qué había bajo aquella tranquilidad desdeñosa, complicada de aparente protección?

Silvio temía. La prudencia aconsejaba concesiones, pero creía que no le era posible ya tocar á un cabello de aquella mujer, después de las confidencias desesperadas de Valdivia. Se reía á solas de sí mismo, de su quijotismo eternamente ignorado. Una vulgar modelo, una mujer de la calle, antes que la inimitable Porcel: satisfecha la fatuidad y la malignidad, Espina sería para él una de las ninfas de hielo, transparentes, que se liquidaban, bañando de frescura las flores de la mesa. Este orden de sentimientos se reflejaba en su trato con la cosmopolita.—Había en su modo de hablarla admiración teñida de acidez, cortesía interesada, con matices glaciales, involuntarios esguinces de repulsión que la voluntad no siempre acertaba á disimular, un oculto fuego de desprecio moral cuyo humo salía afuera; todo lo que componía el sentimiento complejo, más de odio que de otra cosa, que había llegado á infundirle la singular mujer. Ella—en los primeros días de la estancia de Silvio en París, y aun en las ocasiones que el viaje ofrece—había intentado disimuladas investigaciones para averiguar la causa de la retirada amorosa del artista; curiosidad también burlada. Silvio, en su tosca franqueza, resabio de sus tiempos de vida popular, no se recataba para encomiar, delante de Espina, á otras mujeres; y aunque observaba los labios de Espina, no veía en ellos huella de sangre, sino la del carmín fino que los pintaba. Ni escuchaba siquiera. Lanzando un ¡ah! gracioso, se tendía en el diván á fumar sus cigarrillos saturados de opio, que la calmaban y la sumían en adormilado bienestar.