No renunciaba á llevarse á Silvio consigo al través de París, como le había llevado al través de Madrid. Y el artista, por lo mismo que estaba en paz con su conciencia, que nada había allí de peligroso, se dejaba arremolinar, cediendo al atractivo puramente cerebral, peregrinamente mezclado con repugnancia, que ejercía sobre él una naturaleza estética ultrarrefinada, al iniciarle en los misterios de París.

Por entonces Valdivia cayó enfermo. Le postró en la cama una serie de alifafes, y Espina, en vez de cuidarle, se lanzó con su “rapin espagnol” ya al Bosque de Bolonia, ya á las baignoires de los teatrillos subalternos, donde las estrellas de Citera y Pafos se codean con las beldades empingorotadas y curiosas. Eran expediciones clandestinas, que no parecían inocentes, siéndolo en realidad hasta la bobería. Por ventura la acompañaban amigas venidas de Madrid, á pasar los primeros calores y á vestirse de verano, para las playas ó para Biarritz en Agosto, ó de París mismo, que prolongaban la temporada antes de desparramarse por costas é islas inglesas, escolleras de Bretaña y Normandía ó bellos castillos del interior de Francia. Silvio pasaba inadvertido; era un protegido, tal vez un apasionado; algo adjetivo, subalterno; y en el torbellino de París, donde el tiempo está avaramente contado, á nadie se le ocurría hacerse retratar por aquel advenedizo. Silvio aprovechaba las mañanas apuntando, dibujando, enterándose de mil cosas, en museos y galerías particulares. La pintura contemporánea empezaba á revelársele, no con el aspecto de improvisación, de revelación súbita, que afecta en España, sino en forma de lenta, reflexiva conquista de la técnica, antes de hilar la idea ó entonar la copla sentimental de cada uno. Y volvía á sus primeros honrados propósitos: dibujar, dibujar, dibujar, hasta que los huesos de las falanges se le cayesen. “En España no se dibuja lo bastante, se fía todo al color”. Avisó modelos; estudió encarnizadamente la forma humana, la infinita magnificencia del músculo sobre el hueso y de la piel sobre el músculo.

Una tarde, Valdivia, desde su sillón de achacoso convaleciente, anunció á Silvio que “tenemos un parroquiano. ¡Y qué parroquiano! De estos que sólo se cazan en París... Mi amigo Perico Aladro, el pretendiente al trono de Albania...” En el regocijo malicioso con que hablaba Valdivia, Silvio pensó descubrir la satisfacción de escamotearle el encargo sensacional á Marbley, el belga. Á éste no le conocía Silvio aún, á pesar de oir su nombre, pronunciado en tono de consideración por la gente de buena sociedad, en tono de burla por los contados artistas con quienes había cruzado dos palabras... Valdivia, entre sus curas al salicilato y sus baños eléctricos (el sistema de un Doctor yanqui de paso en París), saboreaba de antemano la mortificación del belga, al cundir la noticia de que el pretendiente de moda se retrataba con el españolito. Marbley le había infligido crueles sufrimientos. Sangraba la herida del celoso, mientras en el alma arenisca de Espina, donde toda emoción de simpatía pasaba barrida por el viento, donde sólo persistían los sentimientos de malignidad, ya Marbley no ocupaba sino el lugar secundario de los objetos que se utilizan para dañar á su hora, el lugar de un puñal colgado en una panoplia, con la punta cuidadosamente emponzoñada.

Silvio se alborozó. ¡Aquel retrato sería un reclamo magnífico! ¡Traería dinero, indispensable, porque los cuatro mil de Valdivia se derretían á semejanza de las esculturas de hielo! Era la misma actualidad parisiense el elegante hidalgo español, bulevardista, por otra parte, hasta la médula, y convertido, cuando nadie se lo imaginaba, en personaje de Los Reyes en el destierro... La figura del jerezano, hasta entonces una de tantas siluetas del París que se divierte, subió de pronto á ser una de las figuras con que París se emociona todas las mañanas; su fotografía figuraba en escaparates, en las publicaciones ilustradas de los kioscos. Silvio contaba con el retrato, en pintoresco traje nacional albanés, para fijar un momento, á su vez, la atención de ese París distraído—la imagen, creía él, de Espina.—Con entusiasmo sentido pocas veces comenzó su tarea, charlando y fumando en compañía del candidato al trono, que le refería datos genealógicos, la sucesión directa del héroe, sus derechos claros, notorios, á una diadema novelesca, oriental. Lo que preocupaba á Silvio era pensar si sería ridículo ó cortés é imprescindible el tratamiento de Majestad. Con el buen tono de un hombre de mundo, Aladro adivinó las dudas del artista. “Somos dos amigos, dos españoles.” Estaba encantado del retrato, en el cual su apostura, todavía gallarda é interesante, aparecía realzada por el carácter y riqueza del atavío; y le agradaba la destreza de Silvio para reconstruir una cara y un cuerpo, borrando el estrago de los años sin perder la exactísima semejanza. Y la pintura ni era afeminada ni muelle; la cabeza tenía un aire de altivez melancólica, la justa idealización que cabía en el papel del retrato, en la significación de la vestimenta. El pretendiente no se hartaba de alabar. “¡Qué talento de muchacho!” Se expansionaba con Valdivia, le daba gracias. “Es preciso que no quede descontento; haremos como quien somos”.

De la noche á la mañana, Aladro salió precipitadamente para Viena; Valdivia quedaba encargado de pagar. La extrañeza de Silvio fué grande al notar que Valdivia ni pagaba ni volvía á mentar el retrato. Se atrevió á recordarle que lo expusiese. El brasileño sonrió. “No es posible, no es prudente siquiera. ¿Qué sabemos por dónde lo toma París? ¿Y si ponen en solfa el traje de albanés, si dicen que está vestido para un baile de máscaras, y sobre la chunga de aquí viene el mal efecto posible de allá? No, no puede ser, Lago. Aladro no me lo perdonaría”.

Como Silvio insistiese, preguntando quién había sugerido á Aladro tal recelo, Valdivia respondió con negligencia:

—Á Aladro no se le había ocurrido el peligro de tal exhibición; Marbley, con buen sentido, fué quien le abrió los ojos.

—¡Ah, vamos, Marbley!—repitió Silvio, atónito de que Valdivia ahora invocase y acatase la autoridad del belga.

—Marbley... Verá usted—detalló Valdivia,—tiene práctica; dice que para exponer debe tratarse de un retrato serio, de algo que nadie pueda discutir, de una firma segura. “No despistemos á París”, repite; y Aladro, á su vez, no quiere despistar... María, á la sola idea de presentar á Aladro con chaquetilla, faja y pistolas, se ha reído inextinguiblemente...

Silvio, sin replicar, se retiró, aniquilado. Aunque el retrato del pretendiente le proporcionase recursos (Valdivia ni aun en eso pensaba), él había soñado otra cosa. Su conciencia artística le decía que el retrato tenía el arranque, la vitalidad infundida, por ejemplo, á la cabeza del Doctor Luz. “Al buscar clientes bonitas—pensaba—hago lo contrario de lo que me conviene. Los mejores modelos son los hombres, y no pudiendo ser, las mujeres feas.” Estaba arrebatado en la contemplación y estudio de los grandes retratistas europeos; no volvía de su asombro ante el cuadro del “Mariscal Prim”, obra del malogrado Regnault; ante los Carolus Durán—un estilo tan español;—ante los Bonnat, maravillas de realismo, retratos de inteligencias, de cerebros, que resumen la energía mental de los modelos, los Taine, los Renan. Como seducción, llegó á preferir los Benjamín Constant. Este era el maestro prestigioso, el mago de la paleta. Provocaba las dificultades por el placer de vencerlas, y daba á su pintura toda la lujuriosa intensidad del color que acaricia y prende, con el vigor de una ejecución profunda. “Esto es pintar”, exclamaba Silvio atónito; y entonces encontraba justo que el pretendiente no hubiese querido exhibir su estudio al pastel,—un juguete, una miseria.