Completamente fascinado, repetía ante las obras fuertes: “Así se pinta”. Renegaba de sí; á sus transportes de entusiasmo seguían accesos de inmenso desaliento; él no llegaría á nada nunca; no había que forjarse ilusiones; todo estaba cumplido, los puestos ocupados, el arte en su plenitud. Blasfemaba: desconocía la inexhausta fecundidad, la virtud de renovación del arte, y daba por hecho que, después de una generación gloriosa, rica, se secaba el suelo y nada germinaba ya bajo el sol.

Otras veces, en sus correrías—cuando soltaba el yugo de Espina y se lanzaba solo á apoderarse de París,—la loca esperanza le concedía besos incendiarios. Lo mismo que le parecía motivo de desconsuelo, era ahora causa de ilusión para su cambiante naturaleza. Donde se habían ramificado tantas y tan variadas direcciones, donde tantas personalidades surgían, ¿por qué no surgiría él también á su hora, con su fórmula, con su dón peculiar, con su individualidad sagrada?

Después de la generación de Bastien Lepage, de Moreau, de Millet, ¿no se alzaba ya otra llena de vida, no sospechada por ellos, distinta de ellos? ¿No había visto en pos de los retratistas acatados, á los nuevos, al genial Chartran, al extraño neblinista Carrière—y no era él de carne, de hueso, no tenía dedos, no tenía ojos, no tenía corazón para sentir, sangre que derramar en la pelea?

—Ahora—pensaba—paciencia, y unos francos de reserva, es lo que he menester... Iré al estudio de Dagnan Bouveret: es el más impecable dibujante.

Le obligó Espina, á pretexto de lanzamiento, á hacer efectiva la invitación á comida y postcomida de madama de Mélusine. La morada de esta señora es espaciosa, espléndida, algo abigarrada como el espíritu de la dueña; ostenta un lujo sin intimidad ni densidad aristocrática; recuerda la fisonomía cosmopolita de los grandes hoteles. La comida era más bien frustrada: los convidados no habían sido elegidos con esa inteligencia exquisita que revela el tacto del ama de casa, sino al capricho de la notoriedad ó al azar del último descubrimiento de las que Espina llamaba islas desconocidas, pobladas de antropófagos. Silvio, con su lucidez instintiva para lo social, vió desde el primer momento que aquello no era gran mundo, ni siquiera mundo homogéneo, donde todos se conocen y desde el primer momento saben cómo tratarse y qué decirse. Mientras esperaban en el salón blanco y oro, deslucido por tanto tráfago, que precedía al comedor, los invitados se miraban puntiagudamente, las presentaciones eran laboriosas. El artista comprendió por qué Espina se excusaba de ir al banquete, proponiéndose limitarse—había dicho con acento desdeñoso—á “dar una vuelta”, una aparición en la velada. Valdivia también apelaba á su enfermedad para evitar el convite. Dejaban allí á Silvio, náufrago.

En el concepto gastronómico, la comida fué insuperable. Silvio, estómago exigente, encontró perfecto lo de mascar. Detalles y monerías se echaban de menos. Era oro derrochado en comestibles, cocineros, vinos, servicio.

Silvio devoró, vencido por una tentación de glotonería. Estaba al extremo de la mesa, cosa que le sorprendió algo, pues suponía que el banquete era en su honor, y notó que nadie le hacía caso, que le habían colocado entre una inglesa espiritista y teósofa, correligionaria de la Blavatzki, y una esposa de literato semicélebre, que sólo hablaba de la última novela de su esposo. La heroína de la fiesta era una morena de tipo español, de escote llenito y ojos de azabache, vestida con discutible gusto, de raso azul, recargado de lentejuela azul también. El ama de la casa, después de hacer la presentación de Silvio á la morenita, había murmurado, con ese tono enfático que sugiere la importancia del personaje y da por hecho que no es necesario explicar nada de él:

—La señorita Gregoresco.

Sólo al levantarse de la mesa y encontrarse próximo á la morenita, Silvio recordó, enlazó datos confusos, lecturas de periódicos... Era una historia secreteada primero, divulgada después por las agencias, los telegramas, las murmuraciones europeas; y Silvio creía notar ahora en la Gregoresco no sé qué de apasionado, de lunático, chocante en medio de la corrección mundana.