Estuvo á pique de darse una puñada en la frente. ¡Ah, ya! Estaba viendo á la acariciadora de una doble quimera de amor y ambición, la que había soñado una corona entre capítulos de una novela, y aspiraba á conquistarla por medio de la poesía, sin abdicar de su dignidad de mujer, de su pureza de virgen. ¡Imprevistos caprichos de la naturaleza, que no adapta sino raras veces la exterioridad al destino! La inglesa, que colocaron á la izquierda de Silvio, con el largo cuello, el pelo de seda clara, los ojos de pervinca, la inmaterialidad de su tipo, parecía de molde para el papel romántico de la mujer precipitada de lo alto de su ensueño, de Safo casta que deplora, en versos inflamados, la mentira infinita del amor. Y se figuraba á la señora Gregoresco así, cuando las peripecias de sus amoríos con un príncipe heredero, protegidos por una reina sentimental, contrariados por la diplomacia, hacían el gasto de los telegramas y eran la fábula del mundo diplomático. Hubiese querido Silvio más palidez en aquella frente, más esbeltez en aquel talle, más afinamiento de tristeza y nostalgia en aquella cabeza, otro estilo de vestir: unas gasas salpicadas de lánguidas ramas de glicinia... Porque el mundo entero sabía que Daría Gregoresco no se había consolado, que no quería consolarse, que las cuitas de su corazón las exhalaba en estrofas empapadas de lágrimas; y Silvio, ante el aspecto más bien vulgarmente atractivo de la desengañada, añoraba el retrato que hubiese podido hacer, no menos sensacional que el del pretendiente á la corona. Pero con el tipo de Gregoresco... ¡quiá! Y recordando que le habían ofrecido presentarle pronto á Isabel II, decíase:

—Esta república está llena de reyes que fueron, que serán, que anhelarían ser...

Sin salir del salón de madama de Mélusine, podía ver á dos de éstos aproximados á la corona; Daría contestaba al saludo de un príncipe, Bojidar Karageorgewitch, hermano de otro pretendiente; y el día anterior Valdivia había hablado á Silvio de ponerle en relación con Roldán Bonaparte. ¡París!—Algo así como el propio salón de madama de Mélusine, una vega abierta, en apariencia hospitalaria, en realidad cortésmente despegada, que no tiene reparo en aceptar lo que llega, siempre que su nombre resuene, brille, pique la curiosidad.—El sentimiento de su nulidad en París volvió á abrumar al artista. Recordó una conversación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, adonde sólo había concurrido media docena de noches, y en la cual se trataba del proletariado artístico de París. ¡Diez mil pintores luchan en la capital francesa con la penumbra, el anonimato, la indigencia! ¡Destacarse de entre esta piña!

—Pero—discurría, en la primer modorra suave de una digestión feliz, que predispone al optimismo,—es imposible, vamos, imposible que yo no sea algo; que esta calentura sin cesar renaciente, que esta obsesión incurable, no lleguen á cristalizar. Yo veo, yo siento, no sólo los colores y las formas de las cosas, sino su esencia íntima, oculta para los groseros y los serviles. He menester tiempo, constancia, posibilidad de hacer valer estas dotes.

Mientras pensaba así, ofrecía á la Gregoresco un sillón, después de ser presentado á la madre, señora respetable que acompaña por todas partes, en su peregrinación, á la dolorida joven. Y Silvio se decía, implacable en la exigencia estética:

—La mamá también me estorba. Esta novela de nostalgia pide lo bravío de la soledad. ¡Una hija de familia! ¡Una mamá al canto!...

El salón iba llenándose de gente: ilustraciones masculinas, damas vestidas con más atrevimiento que en Madrid. Había poetas capilares codeándose con celebridades indiscutibles, como el gran Heredia. Presentado á él, Silvio le miró con veneración fetiquista. El destino de aquel hombre de corta estatura, de tipo español, sordo, distraido, ya metido en años, era el destino envidiable, ideal, del artista. Con reducida labor, breve pero intensísima, de una intensidad como no ha solido verse desde el Renacimiento; sin soñar en renovar formas; aceptando la más rígida, la más hecha y manejada de todas, el soneto; sin reincidir en el intento victoriosamente logrado; sin perderse en el afán de renovarse; sin decadencia posible, por lo único de la obra; sin la lucha innoble con la necesidad y el envilecimiento de la sobreproducción y del industrialismo; serenamente, bellamente, señorialmente, había llegado á la plenitud de la gloria. ¿Y qué pintor podía preciarse de haber igualado á Heredia, el colorista—á menos que sea Moreau?—No era la primera vez que Silvio, sufridor de todas las dudas por la misma incandescencia de su fe, se había preguntado, leyendo á Flaubert, á Heredia, á los coloristas de la pluma, si era dable superarles con el pincel; y ahora la duda reaparecía, al recordar el esplendor de Los Trofeos, Antonio en brazos de Cleopatra, viendo en sus ojos el inmenso mar y la huída de las galeras de Accio, los Conquistadores españoles sobre el fosforescente azul del mar de los Trópicos, en la proa de las blancas carabelas, inclinados para ver surgir estrellas nuevas del fondo del Océano.

Sin haber tanteado aún sus disposiciones para el arte, ya padecía Silvio la penosa incerteza, el titubeo de los desorientados y los deslumbrados, la solicitación de las otras formas artísticas, la ambigüedad ambiciosa que obliga al escultor á buscar efectos pictóricos; al pintor, á introducir poesía lírica ó épica, literatura en fin, en sus cuadros; al músico, á calcular efectos descriptivos y notas de color, en vez de notas musicales; al escritor, á emular al pintor, produciendo, á toda costa, la sensación artística, el efecto de la luz ó del sonido; al arquitecto, á forzar las líneas, alterando la serenidad, volviendo al barroquismo; á todos, en fin, á meter la hoz en mies ajena, á sentir el desasosiego panestético, ansia de expresar la belleza con mayor amplitud, más recursos, sentimiento más vario, algo que abarca, en abrazo eterno, lo infinito de la hermosura, lo ilimitado de su goce. La idea de que nunca pintaría como hace sonetos Heredia sumió á Silvio en una de esas meditaciones desconsoladas en que se quisiera renegar hasta del sér y convertirse en piedra. Hay instantes en que los pensamientos nos ahogan como olas. ¡Ante Heredia, Silvio se humilló: se vió tan pequeño, tan burlado por la suerte! Era su gran sufrimiento, querer ser otro; era la negación del yo, de lo que más se ama.

Las doce caían cuando irrumpió en el salón de madama de Mélusine Espina Porcel. Sus pupilas agudas, vivaces, registraron el recinto y descubrieron al joven pintor, perdido en la selva obscura de sus reflexiones. Sacudió la cabeza Silvio y se acercó á la dama, colocándose á su lado. Espina hacía gestos monos al fijarse en la concurrencia, y decía por lo bajo: