—¡De mal en peor esta casa! Llegará día en que no se podrá venir. ¡Qué ancha base! Seguro que me va á endilgar, sin previa consulta, á dos ó tres notabilidades estrafalarias.

No se engañaba en sus presunciones la Porcel. Ya la Mélusine, con el transporte entusiasta que la acometía al descubrir islas, se aproximaba, llevando de la mano á Daría Gregoresco, y la presentaba entre un balbuceo de simpatía apasionada, con igual emoción y secreteo que Solar de Fierro al mostrar una maravilla única de sus colecciones.

—La señorita Gregoresco... ¡Ya sabe usted!... ¡La señorita Gregoresco!... Nos ofrece la encantadora sorpresa de recitar algunas poesías no dadas á conocer hasta hoy...

Espina se inclinó, lanzó un ¡ah! inefable, y murmuró un “¡encantada!” de los más vagos y distraídos de su repertorio.

La Gregoresco se adelantó; hicieron corro á su alrededor,—en primer término, la dueña de la casa, sonriente de beatitud. Estaba la poetisa turbada, y leve ronquera velaba su voz al empezar. Heredia, á quien respetuosamente habían dejado sitio en el aro estrecho del corro, hizo con la diestra cartucho á la oreja para oir bien. Silvio notó que en aquel salón parisiense se escuchaba, como no se escucha en Madrid jamás.

Alzábase ya más segura y timbrada la voz de la recitadora, y su dicción pura y dulce iba encendiéndose con apasionados acentos, expresando la cuita, la incurable añoranza del ayer tan próximo, el inextinguible recuerdo del ensueño destrozado por la realidad; la queja salida de las entrañas, que se deshace y rompe en sollozos al asomar á la boca. Su poesía, no escultural y policromada; no impecable y soberana, como la de Heredia; flébil á veces, como lamento de niño; altiva otras, con la generosa altivez del sentimiento que conoce su nobleza y su derecho á la vida, fluía de labios carnosos, poco espirituales, y los transformaba, los afinaba con idealidad. Aquellas amantes querellas, aquellos insistentes brazos extendidos hacia lo que no volverá, lo que no puede volver, lo que tal vez no existía, porque si hubiese existido seguiría existiendo, se sobrepondría á lo accidental y pasajero de la existencia; aquel poema de pasión, con sus paseos á la luz de la blanca luna, sus citas entre flores, decoración trillada y divina; aquella pregunta ansiosa, triste, repetida—¿cómo se puede olvidar cuando se ha querido de cierta manera?,—aquello que era fibras vivientes, sangre de un corazón transformada en luz por la rima, al exhalarse por la boca de la enamorada, la hacía momentáneamente sublime. Sus ojos de sombra brillaban; sus mejillas, bruñidas al sol, se animaban con carmín de fiebre; su estatura parecía crecer. De pronto cubrió su vista un velo, una escarcha de llanto, y la emoción, haciendo palpitar su seno, se reveló en la profundidad vibrante de la voz, en la trepidación involuntaria del torso. Era una gran soprano dramática, y sus acentos tenían poder comunicativo de dolor y piedad. Silvio, con sorpresa, se sentía subyugado. Por primera vez un gemido de amor le conmovía.—Se lo dijo á Espina, que, insensible, metida en su concha de mundano aplomo, observaba como se observa una curiosidad cualquiera, un bicho raro, un pájaro de colores. Y, alzando los hombros, contestó á Silvio quedamente:

—¿Le hace á usted efecto la cómica esa? Porque ya comprenderá que de comedia se trata. Ni hubo tal amor, ni tal empeño del príncipe heredero en casarse con ella.

Lago sabía lo contrario, como lo sabía todo el mundo; pero no le preocupaba la autenticidad de la historia. Su naturaleza estética hacía que los afectos le interesasen más vistos al través del arte que en la realidad. “Una impresión bella no miente nunca”—era su divisa, y fué su respuesta.

—¿No le parece á usted—añadió—que el amor es la cosa más vieja y más nueva, más fecunda en sugestión, después de todo? ¡Cuánto siento que el amor nada me diga! ¡Es posible que me engañe mi sueño de arte, y esté perdiendo lo mejor de mi vida, los años que no tornan, privándome de la única emoción que abarca lo infinito!

Espina le fijó sin pestañear y no contestó.