—Tal vez—pensaba Silvio—la Gregoresco, con su emoción perpetua, que derrama en versos y que reabsorbe al recitarlos, vive vida más colmada, más intensiva, que el sordo glorioso que la está felicitando en este momento.

Se acercó á la poetisa cuando la dejaron algo libre los admiradores, y apartándose del remolino de la multitud, que ahora se precipitaba para oir recitar fábulas de Lafontaine á Coquelín menor, se encontró aislado con Daría en una especie de gabinetito formado por cortinajes de brocatel, plantas y dorados muebles. Daría respiraba afanosamente aún, y, no creyéndose observada, se pasaba el pañuelo por los ojos, donde se había vuelto agua corriente el rocío.

Silvio, como si la conociese de hacía muchos años, familiar, imperioso, la preguntó:

—¿De modo que no le ha olvidado usted aún?

Hizo ella con la cabeza señal negativa, y se sentó, abrumada sin duda, quebrantados los huesos y abatida el alma.

—Siempre—indicó el artista—la poesía consuela.

La poetisa le miró. Estaba, sin duda, habituada á distinguir la verdadera simpatía de la compasión ficticia ó burlona. La cara delicadamente expresiva de Silvio, el encanto artístico de su semblante, la mirada sentimental de sus ojos cambiantes, verdiazules, la tranquilizaron, y murmuró, melancólicamente, sumisamente:

—No sé si consuela... Por lo menos, da desahogo al sentimiento. Dicen los médicos que si yo no hiciese estos pobres versos, me hubiese muerto ó me hubiese vuelto loca.

—¡Si supiese usted—balbuceó Silvio—cómo la envidio su pena! Quisiera, desde que la he oído, poder sentir así. No soy feliz, pero mi pena no es de amor.

—¿De qué es entonces?—preguntó sorprendida ella; tal vez no creía posible que se sufriese por otra cosa.