—De ambición artística... Soy pintor; nada he producido y aspiro á una obra fuerte, señalada, que me eleve...
—¡Vanidad!—murmuró Daría.
—¡Delirio quizá el de usted!—declaró Silvio.
La enamorada suspiró, haciendo un noble ademán de resignación á su eterna tortura, mitigada sólo por el canto. Y mientras se comunicaban, sin conocerse casi, lo más arcano de sus almas, el gentío, desimpresionado ya, olvidando la queja de la tórtola viuda, no sospechando el anhelo del soñador de fama, del ansioso de creación, se agolpaba en torno del actor de la Comedia Francesa, escuchándole bordar y cincelar con recitación sorprendente la fabulilla salada por el buen sentido.
Daría y Silvio, un momento, hicieron fondo común de sus penas hermosas. La prosa les rodeaba; se refugiaban en la poesía de lo imposible. ¡Vanidad! ¡Delirio!—Para ellos, la mayor verdad; la que nosotros mismos criamos.
Hízose más pesado el yugo que la Porcel imponía á Silvio; y el artista tenía que someterse. Confiaba todavía en el apoyo de Valdivia, en la cacareada exhibición del retrato de las rosas. Salir del anonimato en esa forma no le era halagüeño; pero no había otro recurso.
Tampoco era infalible. Las victorias madrileñas podían convertirse en naufragios parisienses. Una frontera, unos centenares de kilómetros... y todo cambiado.—Silvio contaba, no obstante, con la homogeneidad del gran mundo, que, en lo fundamental, es idéntico á sí mismo en cualquier latitud.
Para fijar la atención distraída y volandera de ese gran mundo, el señuelo era Espina. Ella podía, en un acceso de malignidad, retrasar indefinidamente el momento en que París se convirtiese en escenario y mercado para Silvio.—Creía tener en la mano el medio infalible de subyugar á la Porcel. La fatuidad le sugería que una escenita, magistralmente representada por el histrión que hay en todo artista, restablecería las relaciones en pie de complicidad; pero no se poseía lo bastante para resolverse á tal farsa. La perversa atracción de Espina se le había transformado en repulsión, y Lago se conocía; sabía que sus sentimientos eran brotes bravos de espino montés; que la misma traición, el mismo disimulo artero, de los cuales sentíase capaz, no podía provocarlos á voluntad y mediante reflexión: le reventaban del alma bajo la presión de las circunstancias. Ni siquiera le movía ya el romántico respeto á Valdivia; su alejamiento era otra cosa: una especie de náusea moral. El cutis de Espina se le figuraba frío como el de un reptil. La neurosis, el diablillo de la neurosis, debía de danzar en esto...