Siempre que se aflojaba algún tanto su cadena, se sumergía en el dibujo, ó desentrañaba el París artístico. Hundíase con deleite en el inextinguible foco y luminar de arte, saboreando el placer que causan las obras maestras en relación íntima con nuestra sensibilidad, ó que la modifican y renuevan. Había dado por hecho Silvio que entre los pintores modernos le arrebataría Courbet, y comprobó sorprendido que el realismo, exagerado calculadamente, del discutidísimo maître d’Ornans, casi le molestaba. Era la transformación de su ideal propio lo que anulaba su admiración hacia Courbet, exaltada por los ditirambos de Zola. Se quedó Silvio pensativo cuando hubo notado que Courbet, antes, en su imaginación, rey de la pintura,—no era, al verle de cerca, sino “un temperamento”, un sujeto de cualidades mal aprovechadas y hasta estragadas por la estrechez de una fórmula.
Courbet—decidió Silvio—fué una naturaleza burda; tenía mucho de grosero, no sólo en la producción, sino en su vida, en aquel su eterno fumar y beber cerveza.—Sintió que la devoción cambiaba de santo, que se pasaba á Moreau y á Millet, ¡dos ideales tan diferentes!—Millet le embelesaba por impresionar á su manera la naturaleza, dominándola con la intensidad del propio sentimiento, y soñaba hacer él en Alborada otro tanto. Las Mariñas distantes le parecían entonces ese rincón del mundo donde cada artista extrae una concepción peculiar de la realidad, según sus propios ensueños de poeta.—“En Alborada haré yo mis Espigadoras”—resolvía.—“No aquella Recolección de la patata, tan tosca, tan villanesca. Otra cosa..., otra cosa... á lo Millet”.—Pero Moreau le fascinaba más, no imaginando siquiera que pudiese su pincel ejercer la influencia que ejerció aquel creador genial más próximo á fray Angélico y á los místicos que á los modernos. Silvio comprendió que su alma era del grupo poco numeroso á que perteneció el autor de Salomé. Almas complicadas, pueriles y pervertidas, misantrópicas y candorosas, modernas y bizantinas. Nunca almas panzudas de burgueses. Almas siempre resonantes por la vibración de las cuerdas polifónicas de sus nervios.
Silvio encontraba en la sensación peculiar de Gustavo Moreau mucho de lo que había supuesto en París, en el alma de París, y que no descubría en el París verdadero. Éste nada tenía de común con la ciudad de fiebre y placer, cocotismo y despilfarro, de la leyenda internacional. La “Babel” era un telón efectista hecho jirones, y aparecía la colmena, el trabajo asiduo, normal, funcionando y saneando la atmósfera. Los zánganos, en apariencia numerosos, eran en realidad contados. Y de bracero con el trabajo, como esas parejas contentas de serlo que se esparcen por París al anochecer, Silvio veía á la razón, obrera metódica; la voluntad al servicio de la invención. La lección severa de Lutecia era lo contrario de la sangría suelta de tiempo y energías de Madrid.
Recordaba Silvio la capital española como si aún se encontrase en su taller de la calle de Villanueva: las vías públicas, concurridas lo mismo á las cinco de la tarde que á media noche; aquel visiteo injustificado, aquel zanganeo y zascandileo en que las horas se esfuman, cayendo en el curso del mes y del año como granitos de sal en mares de tedio, placer y turbulencia. Y en cambio, en el París que la literatura diseca para descubrir perversiones, y que fotografía sorprendiendo extrañas muecas, en imposibles actitudes, Silvio, al echarse á la calle temprano para dirigirse á su taller, se tropezaba con bandadas de madrugadores intelectuales, pálidos de sueño, que asaltaban las limpias cremerías y se desayunaban con un panecillo de media luna y un vaso de leche, antes de desparramarse, vademécum bajo el brazo, á enseñar ó aprender; ¡á trabajar! Á tal hora, en que los madrileños, pobres ó ricos, leen entre sábanas el primer diario que su mujer ó sus criados les suben, Silvio veía á los parisienses, ciudadanos de la metrópoli del sibaritismo, según fama, entregarse con taciturna asiduidad á los preliminares de una jornada laboriosa, seguida de otras y otras, interrumpidas por el descanso dominical disfrutado en sencillos esparcimientos, tan distintos del pagano y sanguinario dominguerismo taurino de Madrid. Los porteros, mozos y dependientes de comercio, barriendo, bruñendo y atersando aceras, llamadores, vidrios y escaparates, como el soldado acicala sus armas para combatir; los profesores, corriendo con ropa raída y estómago mal lastrado á arrancar de entre colchones al alumno, si éste no aguarda ya con las orejas relucientes de fricción y los ojos entumecidos de soñolencia; el personal de los establecimientos públicos, oficinas, tiendas, desde temprano en plena actividad—repetían que la palabra de la esfinge parisiense es TRABAJO.—Los ciclistas desfilan, portadores de mensajes ó carga; los coches circulan, socarrones, acechando al peatón, que se apresura y los evita; una multitud seria, preocupada de su objeto, invade las aceras, sin agolparse en cualquier parte á curiosear cualquier cosa; Silvio se confunde entre esta multitud, se codea, se hinca, hace cuña y no percibe esa chispa de pasión, de simpatía ó antipatía, que en Madrid se transmite de uno á otro transeunte. La gente que pasa á su lado, que le empuja involuntariamente, que le esquiva con ágil respingo para no detener ni ser detenida, no le ve siquiera. Va á la obligación, va á la labor. Contados están los minutos, trazado y distribuído el día, tasado el reposo y repartida la tarea.
Esa decisión de funcionar, esa trepidación como de máquina que rinde su contingente, corre en oleada desde los resplandecientes bulevares hasta los barrios semiprovincianos de la banlieue. Hay en París zonas solitarias, pero no holgazanas. La colmena no zumba en la calle; se refugia en las celdillas, en los pisos modestos sobre cuyas ventanas se leen un nombre y un oficio... Ni las breves vacaciones parecen amenguar la actividad de la colmena invisible. Cuando el azar de sus correrías lleva á Silvio, por ejemplo, hacia el Jardín de Plantas, la calma del tranquilo barrio no le impide notar la palpitación del esfuerzo, el anhelar de yunta que abre surco. Humilde es el vecindario; conságrase á labor poco retribuída, pero acata el precepto, de cuyo cumplimiento nacen la riqueza, el vigor y la hermosura. Siente á su alrededor Silvio la ahincada presión del trabajo. Hasta la daifa que recorre un trozo de acera, siempre el mismo, y que interpela al transeunte, muestra la aplicación de la laboriosidad, tiene dejos de obrera, compelida por la tarea forzosa.
La conseja de la bohemia artística, del descuido y la holganza entrecortada por hipos de genio y arrechuchos de inspiración, con risas, trampas y fumaduras de pipas, se derrumbaba en su romántica falsedad. El divino grupo de Capeaux, La Danza, que Silvio había creído símbolo de la desenfrenada existencia parisiense, ahora se le figuraba, en su nervioso vértigo, expresión de un afanar constante, el de tantos cerebros y tantos brazos.
“Cabe bohemia en literatura—deducía Silvio,—porque una estrofa puede inmortalizar, y una estrofa puede nacer sin esfuerzo; pero nosotros, pintores, escultores, ¿hemos de improvisar monigotes en la pared, muñecos tallados al cortaplumas?” Recordaba su antigua fe en el milagro, sus esperanzas—las de todos—en el golpe de suerte, en la idea feliz que saltea al despertar, en el cuadro-gancho, en el cuadro-trompeta, en lo que á infinitos alucina, y ya se reía de sí mismo. Lo que se hace sin aplicación es deleznable, banco de arena seca y suelta que el aire arrebata, resplandor momentáneo de luciérnaga en estío.
“Un artista bohemio—discurrió—no es bohemio porque deba dinero á todo bicho viviente, ni por correr juergas, que también los filisteos corren. La característica de la bohemia es querer triunfar sin tiempo y sin lucha constante y terrible. La pereza milagrera—he ahí la bohemia.”—Acordóse una vez más de Minia, de su teoría del monje miniaturista, del arquitecto medioeval, y pensó que, sin el hábito de burel, pero con el espíritu perseverante y el alma muda de esos artistas de antaño, hay en París bastantes obreros que crean porcelanas, alfombras, muebles, joyas, obras maestras donde el arte se disfraza de industria.
“Estas telas de dibujos robados á la naturaleza, estas decoraciones de elegancia ideal, estos bronces, estos Gobelinos, los mismos primores, abrillantados por la imaginación, de la indumentaria femenina, esta densidad de civilización refinada en el puño de una sombrilla, en una bujería cualquiera, sellada por el depurado gusto de París, ¿no son—pensaba Silvio—obra de artistas, que si no bajan á rezar al coro, se esconden en las grandes manufacturas nacionales, y sin ambición, sin calentura, resignados á que nadie pronuncie su nombre, crean su porción de belleza y la expiden, entre el tráfago comercial, á esparcirse por el mundo, á refinar la vida humana?
“Y los mismos que en París quieren que el aire sufra el peso de su nombre, ¿cómo lo consiguen? En sus frentes arderá la llamita simbólica, pero sus hombros sufren la carga del trabajo. Sus manos son recias y duchas. Sus hombros son de cariátide. Su mirar es abstraído. Hasta en sueños buscan la fórmula. Su edad florida ha pasado; ha llegado la viril, ruda, concentrada en el objeto, y ya con el pelo gris, tal vez laureados, siguen rodando, entre sudor y fatiga, la peña de su gloria, para que no les recaiga sobre el pecho y les aplaste. No quieren chapuzar en el olvido, vivos aún. Han probado el licor que embriaga; disipada la embriaguez, no pueden prescindir del licor. Mas ¡ay del que deja apagarse la lámpara!”