Y entonces, espantado del porvenir—cuando aún no tenía presente,—deseaba la obscuridad, el encierro á solas con la hermosura. Creía bastarse. Recordando que poseía singulares disposiciones para la labor del adornista, se veía viejo, habitando en una de esas fábricas de cerámica ó de tapices en que hay un jardín abandonado á propósito, donde las plantas y las flores, libremente, adoptan formas gentiles, indómitas; y se veía cortando brazados de ramaje, componiendo después, en su estudio, motivos decorativos, cuyo tema es la rosa húmeda de rocío ó la clemátida envuelta en su guirnalda verde.

En los talleres que empezaba tímidamente á frecuentar, Silvio confirmaba sus observaciones. ¡La pereza ha muerto! ¡La bohemia ha muerto! Aquellos artistas que desafiaban al calor y sólo se prometían unas cortísimas vacaciones en la primera quincena de Agosto, tenían, más que la preocupación, la obsesión del trabajo. Distribuían su capital de tiempo con una regularidad tan racional, que olía á burguesa prosa, á oficina. En sus conversaciones, en sus indiscreciones chismográficas sobre las costumbres de los privilegiados del arte, se revelaba el método estricto que practica hoy el artista célebre, cultivador y conservador de su fama. Como el acróbata y el jockey, que necesitan entrenarse, los artistas hacían gimnasia, salían al campo á plazo fijo, dibujaban, apuntaban sin cesar, leían, seguían la marcha estética y demostraban una inquietud higiénica sabiamente fundamentada en consejos del Doctor. Salir al campo es muy bueno porque se domina el plein air, y también porque se hace ejercicio y se respira. Bastantes escultores y pintores cultivaban el músculo y quemaban los ácidos por medio de la esgrima, y, entre trapos antiguos y restos de tapiz, junto al velador árabe que sugiere orientales indolencias y fumaduras soñadoras, se veían por el suelo las pesas y las cuerdas, las caretas y los guantones sudados. Saben las cocineras de estos artistas—ni más ni menos que si sirviesen á esos ricachones que anhelan conservar la personita muchos años—recetas y condimentos que no encalabrinan el estómago; y hasta Venus, la dominadora, la embaucadora, la destructora, espera á la puerta del taller, igual que la lavandera y el brochador del piso, á que llegue su hora y su día de la semana, el prescrito, que no debilita la mente ni desasienta el pulso.

Lo ímprobo del trabajo y lo calculado del esfuerzo: eso saltaba á los ojos del joven retratista, como se percibe el congojoso palpitar de la bayadera, el sudor de su dorada piel, bajo las gasas de su túnica y los sartales policromos de su garganta. No: París no tiene el alma de Espina, insaciable y saturada de sensaciones; esa es, á lo sumo, su careta, su disfraz de Carnaval, su collar de bayadera danzarina.

Silvio se juraba que se evadiría de la Porcel, que se entregaría venturosamente á la labor. Las aguas frías y serenas de la gran piscina probática, depuradoras, agitadas por el ala de la inspiración, le curarían de Espina... ¡Bah! Un gesto de París; lo que fermenta, lo que gusanea en toda civilización avanzada. Su refinamiento, ¿qué? Fruto del sudor de tantos laboriosos. Para sostener el artificio de su belleza ardían los hornillos de los laboratorios, se destilaban las esencias de los cálices, se inclinaban sobre la almohadilla frentes de encajeras, allá en solitarias calles de Brujas ó de Malinas, velaba el dibujante, cosían en domingo á doble precio las modistas, se estropeaba los ojos la ensartadora de perlas. El gigante árbol de trabajo parisiense echaba una flor venenosa: Espina.

Sin embargo—reconocía Silvio,—esta mujer, su aparición á una hora dada en mi camino, fué el cambio de mi credo. Estoy divorciado para siempre del verismo servil, de la sugestión de la naturaleza inerte, de la tiranía de los sentidos. Soy libre y dueño de crearme mi mundo; ya no venero á los que se limitan á copiar; ya no tengo fetiches; si imitase, sería para dar muerte.

Y comprobaba, en su tendencia perseverante al realismo, la infusión del ideal, la exigencia del espíritu, algo que va más allá del color y de la forma. El mundo ya no le parecía solamente tierra fecundada por el sol. En su superficie corría un agua encantada, y de su seno se alzaban embrujadas vegetaciones, arborescencias de oro y cristal.

—“Esto tengo que agradecer á la Porcel, á su individualismo aristocrático y poético, á su desprecio de la imitación literal y de la verdad gruesa. ¡Tal vez ella me ha revelado á mí mismo!”

La hubiese perdonado, hasta la hubiese adorado, si ella no le tiranizase, si le dejase en paz. Pero se desesperaba al recibir por el teléfono de su hotel (donde dormía, no pudiendo hacerlo en el taller) imperiosas llamadas, órdenes de presentarse en el palacete de los Campos Elíseos.

Rendida por el calor, Espina se pasaba las mañanas y las primeras horas de la tarde sin salir, reclinada en su meridiana favorita, de forma griega, amplia como un lecho, revestida de telas blancas, incesantemente renovadas, de cubrepiés de encaje, de almohaditas minúsculas, copos de espuma que la envolvían en el aleteo de un bando de palomas. Delante de la meridiana, una mesita inglesa, de bronce y laca, sostenía refrescos y helados, y otra diminuta mesa, toda de porcelana de Satsuma, los chismes de fumar y un cacharro persa atascado de gardenias y jazmines. En el centro de la rotonda,—que rodeaba una serie de columnas con capiteles de piedras raras, ágatas y jaspes traídos de Italia,—sobre amplia concha de cristal nacarado, pieza rara de Salviati, una gorgona dejaba escapar de sus fauces, incesantemente, un surtidor de agua helada, y en los ángulos de la habitación, no muy grande, pulverizadores automáticos y ventiladores eléctricos sostenían temperatura deliciosa. Silvio no podía menos de complacerse; el contraste era encantador; venía de las calles, polvorientas, trasudantes, de luz cegadora, aturdidas por el estrépito de coches, carros y ómnibus—los pedestres ómnibus á que recurría el pintor por no gastar,—y sentía el hechizo de la penumbra, de la frescura, del lujo, del supremo refinamiento, del silencio, del cuadro compuesto ya, que le movía á exclamar: “Mañana traigo lápices”. Al oirlo, la Porcel saltaba: “No lo sueñe usted. ¿Soy yo la Moros? Si quiere modelo, llame á las de oficio”.