Cuando se presentaba Valdivia, Silvio, á pesar de lo irreprochable de su proceder, sentía confusión de culpable; comprendía que no era fácil que el celoso leyese en su conciencia, y, puesto que leyese, también leería las páginas de Madrid; sabría el agravio, lo imperdonable, lo que no se lava ni se borra. Una existencia entera de abnegación no compensa, ante la exigencia de los celos, un minuto en que se ha pecado. He ahí la mancha que todos los perfumes de Arabia no limpian. El beso es más indeleble que la sangre. Valdivia, al entrar, si encontraba á Silvio, hacía indefectiblemente un gesto dolorido, fruncía un ceño torvo.

Silvio no iba á decirle: “Estoy porque Espina me ha llamado”. Limitábase á exagerar la actitud correcta, el mutis de respeto, el implícito reconocimiento de los derechos de Valdivia... No era mejor táctica, como no lo es nunca lo artificioso, lo fabricado, en la esfera del sentimiento. Al celoso, una vez alarmado, todo le previene. El hecho más sencillo es tortura; la desconfianza es tan desmedida, como la confianza fué incondicional.

Al tender la mano al brasileño, sentía Silvio retraerse nerviosamente la diestra, volverse rígida, ó apartarse con un movimiento mecánico, de los que no domina la voluntad. En los ojos apagados y estriados de bilis de Valdivia, pasaban, como nubes ligeras sobre una charca, fugaces expresiones de odio, de indignación y—lo que más preocupaba á Silvio—de dolor sin consuelo.

Y Silvio no podía soportar la falta de perspicacia del celoso.

—“Estoy por llamarle á capítulo y asegurarle...”

¡Qué inocentada sería! ¿Acaso el celoso da crédito á las verdades?

—“Este hombre sería dichoso y, además, encantador, si no fuese la víbora que lleva enroscada—pensaba Silvio.—Acabará él también por mordernos á todos.”

De la impaciencia de Silvio ante la ceguera del brasileño, nació una especie de menosprecio hacia hombre tan simpático, cuya felicidad deseaba sinceramente, dispuesto á sacrificarse por ella. ¡Bah! ¡El sacrificio, de nada servía!... Esta reflexión vulgar fué acaso la excusa que se dió Silvio á sí propio, al sentir reflorecer, involuntariamente, á cortos accesos, el capricho por Espina Porcel. Extraña y casi puede decirse monstruosa atracción, análoga á la que nos lleva á acariciar y jugar con el perro que muerde ó el gato que araña y saca sangre. En la soledad del gabinete donde Espina le recibía; en aquel eléctrico silencio ritmado por la canción hialina de la fuente, pervertido por los violentos aromas del jazmín y las gardenias, la tentación nacía del enervamiento, y Silvio la percibía unida al deseo de herir y hacer daño, á un impulso malévolo, rabioso. ¿Por qué le llamaba aquella loca? ¿Por qué se figuraba tonterías aquel insensato? ¿Por qué no le dejaban de una vez tranquilo, tendiéndole una mano si podían, y si no, abandonándole de una vez, á luchar nuevamente, solo, pero suelto y sin falsos auxiliares? Y en la imaginación del pintor se delineaba la escena de violencia que le aliviaría y le vengaría: una carcajada burlona en la cara del celoso, después de una mofadora y ultrajante caricia á la mujer...

Solo con ella tantas horas, el enigma de la Porcel le irritaba. ¿Era efectivamente, según la afirmación de Valdivia, una víctima de la fatalidad? Silvio la clasificaba algunas veces, comparándola á Clara Ayamonte. “Aquélla—pensaba—era una histérica del corazón, y ésta es una histérica del cerebro.” Pensándolo mejor, esta frase, como todas las frases, nada decía: no descubría lo substancial de las cosas, lo que latía en el arcano de un espíritu refinado y desquiciado. La clave del sentir de aquella hija de la decadencia no la poseía Silvio, á pesar de prolongadas cavilaciones, cuando veía á Espina tendida lánguidamente sobre la meridiana, fumando con visible beatitud, entre el bando de palomas de sus almohadoncitos de encaje con hopos de cinta, frescos como flores entreabiertas. ¿Qué silbo de culebra había salido de aquellos labios retocados con carmín, para que se despertase en Valdivia la desconfianza? Porque no lo dudaba el artista: el tránsito de la fe á la negra duda no podía deberse sino á ardides de mujer herida en su amor propio y resuelta á no perder el goce de vengarse atormentando.