Una tarde, Silvio se sintió más acometido por la tentación que de mancomún sugerían el calor, el agua cantadora, la calma musical, los efluvios del jazmín y la inquietud maldita de la concupiscente imaginación. No pudiendo deletrear lo interno de Espina, ansió sorprender la forma, desconocida y recatada, de su cuerpo. La dama, bajo el cubrepiés de rica guipure aplicada sobre transparente de seda hortensia, se cubría y anubaba con las batistas de su ropa blanca y las gasas de su deshabillé flojo, de flotantes mangas y plegados múltiples. Como siempre, Espina no mostraba sino lo que permite mostrar la más exquisita corrección. El misterio de Espina irritaba á Silvio.
Con fría lucidez, en medio de su arrebato, calculó el golpe. Contó con la sorpresa de la señora; se acercó arteramente, tomando un pretexto... y con movimientos pensados é instintivos á la vez, la atacó, precipitándose, desgarrando y desviando en un relámpago encajes y telas... La nube se disipó, y Silvio retrocedió, de sorpresa aterrada.
Sobre el nítido torso, donde la línea de la espalda se inflexiona tan graciosamente destacándose encima de nacaradas tersuras y morbideces de raso, había divisado Silvio algo horrendo, una informe elevación vultuosa y rugosa como la piel de un paquidermo, una especie de bolsa inflada, que causaba estremecimiento y asco.—¡Allí estaba la fatalidad á que se refería Valdivia, el estigma del vicio maniático, la señal de las picaduras de la morfina!—¡Se descubría el enigma de aquel alma, al ver sin velos su prisión de carne: la insaciabilidad, el tedio, tal vez el ensueño nunca realizado, la enfermedad de toda una generación, el lento suicidio, en la aspiración á momentos que hagan olvidar la vida, y que sólo proporciona la droga de muerte!
La negra hinchazón, el estigma que Silvio acababa de descubrir, revelaban la verdadera naturaleza de Espina, su exigencia interior, no menos insaciable y desenfrenada que su lujo exterior. Por redimirse de la pedestre realidad que tanto despreciaba, era por lo que Espina, diariamente, introducía en sus venas el veneno. El amor á lo infinito, el ansia de evadirse del prosaico mundo, podían más que los consejos de los médicos y las enseñanzas de la experiencia, que dice que no llegan á viejos los morfinómanos.
El veneno también destruye el alma. El sentido moral desaparece.—Si Lago lo supiese, comprendería á Espina capaz de todo por engañar el tedio. La ponzoña que corría por sus venas era la de las civilizaciones avanzadas en su corrupción, el idealismo prisionero de la materia, el ansia que busca, allende la realidad, flores de más ancho cáliz, placeres desconocidos... Era la Quimera también, la Quimera mortal.
Bajo el afeite que reavivaba los colores de la tez de Espina, un observador ya hubiese discernido letal huella, signo de irremediable descomposición orgánica. Tal vez había principiado á usar la droga, obligada por una de esas catástrofes morales que no dan lugar á la prudencia y sólo reclaman un “olvidadero”, aunque sea transitorio. La droga no se limita á producir esa peculiar embriaguez venturosa, esa euforia que tiende un instante velo de luz sobre la opaca vida: suprime la memoria de lo reciente, aboliendo así, en una especie de inconsciencia dulce, la razón del dolor humano. ¡Dolor que se olvida, dolor que ha dejado de existir!
Tampoco se daba cuenta Silvio de que el mal de Espina iba en aumento, que la dosis ha de subir para producir su contingente de felicidad satánica. No sabía hasta qué punto, al través del cuerpo, ataca al espíritu la droga, cómo aniquila las facultades afectivas, cómo anestesia la conciencia. No sabía, después de los períodos de postración de Espina (que Silvio en Madrid atribuía al tedio), cuán extrañas impulsividades, cuán loco remolino de antojos alza su polvareda turbia. No sospechaba (correspondiendo á las feas bolsas de piel dura, como lardácea) otra deformación psicológica. El alma de Espina se ensangrentaba en la lucha del que, advertido, amonestado por médicos, no puede vencerse, y si se priva del veneno, siente la necesidad de sustituirlo por caprichos, extravagancias, el goce maldito de hacer sufrir... Aunque Silvio era complicado, no abarcaba la complicación de Espina, su goce en el pesimismo, su desprecio sarcástico de toda bondad y de toda fe, ni menos suponía cuál era el ideal monstruoso,—irrealizable dentro de la civilización, semejante al de las reinas y heroínas fabulosas, decapitadoras del hombre con quien han palpitado,—de la Porcel herida de muerte. Aquella soñadora, á quien la morfina había abierto breves instantes el paraíso, guardaba particular rencor á los que sólo se lo habían hecho entrever; y cuando fumaba, muda, entornando los ojos, veía entre nubes de púrpura tiendas asirias, cabezas exangües que agarraban por los negros cabellos blancas manos, y suspiraba, porque ya el mundo antiestético ha olvidado los ritos de la fábula hermosa y cruel...