No había leído Silvio palotada de los efectos de la morfina; no sabía que los médicos califican el estado de alma de los morfinómanos de moral insanity. La flora del mal se desarrolla vivaz en el espíritu del enviciado. La droga lleva consigo perversión, locura, suicidio. Aun sin sospechar esto, la vista de los estigmas le reveló el infierno en el fondo de aquella vida tan intensamente refinada, aquella “vida inimitable”. No acertó ni á disfrazar su impresión de espanto. Literalmente dió dos ó tres pasos atrás, inmutadísimo. Ella, incorporada sobre la meridiana, altanera, yerta, con una especie de extraña dignidad, se envolvía otra vez en sus rotos cendales de aire tejido, cubriendo las señales delatoras de su perversión. Y en voz reprimida, que por su propia monotonía y lentitud denunciaba el estado excepcional del ánimo, pronunciaba:

—¡Vamos, se ha salido usted con la suya! Ya no tengo secretos para usted. Puede escribir una bonita carta á Lina Moros, describiendo mi bosse, para que ella vaya contándolo. ¿No adivina usted lo que exclamarán? Yo, sí... Me parece que les oigo... ¡Dirán que ya entienden el intríngulis de mi campaña contra el desnudo! En fin, usted estará satisfecho. Quería leerme; me ha leído. Sin embargo... no cante victoria. Si yo fuese nada más que esto...—y por cima de la ropa señaló al sitio donde se alzaba la bosse—con haberlo visto podría usted decir que me conoce... ¡Pero dentro hay más, mucho más! La piel engaña, los ojos mienten, la boca sirve para archivar la palabra. No sabe usted de mí sino lo que sus lápices embusteros de pastelista son capaces de desfigurar. ¡Queda mucho, mucho que usted ni sospecha, en Espina Porcel...!

Aniquilado, tartamudeó Silvio:

—Perdón, señora, perdón... ¡Hice mal; fuí un villano!

Adelantó, se arrodilló, clavó en ella los ojos, al implorar tan dulces.

—¡Perdón!—repetía sinceramente desconsolado, humillándose.

—¡Perdón!—respondió ella, encendiendo un largo emboquillado; el otro se le había caído en la lucha.—¿Yo perdonar? ¡No les perdono á mis papás que me hayan echado á este planeta!... No sea usted ridículo, y levántese. Si Valdivia tiene la ocurrencia de entrar y le sorprende así, buena la hicimos...

Su alma amarga, doliente, se asomó á sus pupilas puntilleadas de oro, y una carcajada acre satirizó el tardío arrepentimiento. Alzóse Silvio, triste, incapaz de decir nada que restableciese la normalidad de la conversación.—Espina se encargó de ello. Principió, entre bocanada y bocanada de humo suave, á tratar de cosas diferentes. Acabó por animarse y por sonreir, proyectando una visita al taller de Marbley, el retratista de elegancias. “Sobre todo, que mi Otelo no se entere. Sería una historia. Tiene al pobre Marbley atragantado. Es preciso que yo le quite esa aprensión. Por fortuna, anda estos días muy atareado con no sé qué pesadez de operación financiera... Discreción, ¿eh? Para imprudencias bastó la de hace un instante...”


Había quedado Silvio tan confuso, que, por algún tiempo, mientras no se disipase la impresión de remordimiento y piedad, Espina haría de él lo que quisiese. La reacción contra sí mismo, que había arrojado á Silvio á los pies de la noble Ayamonte y de la bravía Churumbela, le sometía ahora á la voluntad despótica de la Porcel.