Dócilmente, se dejó recoger en su fonda y conducir hacia el taller del belga, á las cinco de una tarde neblinosa, sofocante, de esas que encalabrinan los nervios. Espina, vestida de Chantilly negro sobre transparente azul obscuro, parecía abatida y triste. Á la memoria de Silvio acudieron las exclamaciones de Valdivia:

—¡Pobre María! ¡Pobre enferma!

Habitaba Marbley un hotel pequeño y nuevo, con su retal de jardín, en una de las calles encalmadas y aristocráticas que abundan entre los Campos Elíseos y el Arco de la Estrella. Un jornalero limpiaba las calles después de haber regado el grass y las flores, cuando llamó á la verja el lacayito de Espina.

El vestíbulo ya infundía consideración. La escalera, desalfombrada, relucía de holandesa pulcritud encerada, y tenía un balaustre torneado y salomónico, en armonía con los viejos tapices, que vestían la pared de un desfile de paladines, princesas, caballos paramentados y ciervos místicos, crucíferos; del conjunto resultaba esa tonalidad armoniosa, algo sombría, que vierte dignidad.

Les introdujeron en el piso bajo, en un saloncito desde cuya puerta, al través de alta verja de hierro forjado, gótica, se trasparecía la biblioteca, ricamente encuadernada, con que Marbley se daba tono de artista cerebral, muy documentado para disfraces, instalaciones de casas grandes, palacios y garzoneras con relieve estético. Espina, dando muestras de cansancio, se dejó caer en un sillón. Silvio se acercó á ella con solicitud. Era la primera vez que sentía por Espina algo dulce, puro, humano; que la concebía como hermana en sufrimiento. Durábale todavía el reconcomio de su brutalidad maligna, la vergüenza del profanador, y tierna y cordialmente dijo á la señora:

—¿Se siente usted mal?

¡Qué destello de ferocidad instantánea en los ojos de venturina! Irradiaban como esas piedras que parecen guardar luz en sus capas minerales; pero el destello se extinguió, y la voz se hizo infantil, delicada, para responder:

—Gracias... Un poco deprimida... Hay momentos...

No añadió más. Marbley bajaba ya, apresurado, la escalera, para hacer los honores, manifestando á Espina rendimiento galante: la actitud correcta de un hombre versado en el protocolo mundano ante una mujer á quien debe la más honrosa de las condescendencias... Excusándose de no ofrecerla el brazo, por lo angosto de la escalera, sin hacer al pronto caso de Silvio, el belga guió á sus visitantes, y ante ellos subió al tercer piso, ocupado enteramente por el taller; en el segundo tenía su vivienda. El taller impresionó á Silvio: tan ideal lo encontró para sus retratos. Proscribiendo la mescolanza de antiguallerías, ya tan trillada ó más que los salones amueblados por tapicero, Marbley había arreglado su estudio sólo con mobiliario, telas y obras de arte de un mismo período, del legítimo estilo Luis XV francés, sin adulteración de barroquismo ni confusión de épocas. Tallas doradas, sedas rameadas, porcelanas, bronces, retratos de pelo empolvado y amplios paniers, todo había sido adquirido por Marbley con fino olfato de coleccionista; porque el belga, eternamente mediocre, poseía los dones críticos, y jamás se equivocaba en un regateo ni en una compra. Realizaba negocios buenos, colocando entre su clientela americana objetos conseguidos á precios aceptables, y revendidos, sin conciencia, á precios locos. Primero le asparían que confesase este tráfico, pues aspiraba á que todo su lujo se atribuyese á la ganancia de sus pinceles. Siempre que vendía, aparentaba sacrificarse y desmembrar sus colecciones; pero lo que adornaba su taller no lo enajenaba jamás. Esperaba al yanqui, trasudando petróleo, ó al boyero de la América del Sur, que en capricho, tanto más vehemente cuanto menos razonado, pusiese por el conjunto, realmente admirable, una fortuna.