Silvio detallaba, embelesado, los canapés y sillones de Beauvais, tapicería tramada de seda, con su franja mágica de tulipanes y narcisos, granadas y uvas; los vasos de Sevres, azul y blanco, que han pertenecido á la Pompadour y parecen delatar la mano de adornista de Fragonard; los mueblecillos de marquetería, con delicadísimos bronces cincelados; el reloj rococó, que al dar la hora toca una música que habla de fiestas pasadas y amores muertos; los Clodiones, en que travesean amorcitos hoyosos; el techo, obra de Natoire, escena mitológica, rubia y rosada, con senos de perla, vuelos de tórtola, lazos y carcajes; toda la molicie del siglo.
—Sin talento, sin probidad artística, se puede obtener esto en París—pensaba Silvio;—y acaso algún muchacho genial muere de hambre y calor en una buhardilla emplomada.
Tenía Marbley el físico de su especialidad, ya ofendido por el tiempo, y se susurraba que, temeroso de la vejez, andaba á caza de algo pingüe, santificado y asegurado por la bendición. Era alto, robusto y esbelto aún; bajo su elegante blusa de taller, de seda clara, que le refrescaba y animaba la tez, salteada por arrugas y pliegues de fatiga y libertinaje, llevaba, con alarde de originalidad bohemia, en realidad para no congestionarse, descubierto el bien modelado cuello, y la garganta blanca y sin nuez visible. Su pelo rizoso, donde brillaban hilos plateados, le formaban diadema á lo Lucio Vero, caracterizando la figura con sello artístico. Gastaba una barba aparentemente indómita, sin recortar; pero el descuido era cosa estudiada, y aquella barba la impregnaban esencias, la había recorrido mil veces el peinecillo de concha rubia con cifra de plata. Marbley tenía un tipo entre flamenco y español, una cabeza conquistadora, á lo Rubens, cálida, sanguínea; raza de hombres que, de mozos, se gastan por el amor; de maduros, por la gula. Y, en efecto, Marbley empezaba á abusar de los sabios cocineros de palacios y clubs.
No era fácil casar la persona y la pintura de Marbley. Silvio conocía su Harem turco, obra de juventud, brote de savia pronto agotada, y, juzgándole por su mejor página, profesábale cierto respeto. Quedó estupefacto ante lo que mostraba el belga: el ampuloso retrato de una dama chilena, uno ó dos estudios de paisaje—composiciones amaneradas, plagiarias, de colorido falso y pobre.—Por mucho que Silvio se despreciase y rebajase, en su ardiente humildad de catecúmeno, no le era posible comparar con aquella desdicha sus pasteles. En éstos, siquiera, convenía reconocer gentileza, fluidez, elegancia de postura, leve idealidad, mariposeante por cima de lo facticio y afeminado del procedimiento; pero en la producción del belga no había sino la nulidad irremediable, la esterilidad de páramo, la angustia del manantial seco. Veíase que el talento de Marbley había sido flor de juventud, ese renuevo de poesía que coincide con la inquietud sexual, brote de primavera que agosta el estío. Quedaba un fracasado resuelto á pelear, no por la gloria, sino por el provecho. Lo peor era eso: Marbley, convencido, amargamente desengañado, no cejaba: iba á su fin sin escrúpulos. Para no carecer de su clientela rutinaria y antojadiza, de rastacueros y snobs, apoyábase en la mujer, tejía complicadas redes galantes, en que sólo á fuerza de estrategia no se enredaba también; no perdía ripio en las salonerías. Espina era un alfil de su juego de ajedrez; últimamente, se había sentido abandonado por ella, y lo creía imposición de los celos de Valdivia, hasta que llegó á sus oídos el anuncio de la próxima exposición de un famoso retrato “de las rosas”, del cual contaban y no acababan; y cuando, poco después, supo que el españolito retrataba al pretendiente de Albania, olfateó el riesgo. Una conversación con Aladro previno el primer éxito de Silvio. Quedaba en perspectiva el segundo, y pendía de un capricho de aquella criatura tornadiza, la Porcel. Al verla entrar con su petit espagnol, sintió aguda punzada de despecho. ¡Hola, hola!
Aparentando no mirar á Silvio, de reojo le detalló analíticamente. Reparó la distinción y afinamiento del tipo, la dulzura atrayente de los verdiazules ojos, la juventud y romanticismo de la figura, inspiradora de simpatías fácilmente transformables, el prestigioso parecido con los retratos de Van-Dyck... Y percibió además—Marbley de tonto no tenía un pelo—la pasión estética, el entusiasmo, la orientación todavía vacilante, pero de seguro honda y feliz, del artista en marcha hacia su sueño; leyó el fervor del neófito, y descifró algo más mortificante: la triste sorpresa, la mal disimulada decepción que su labor causaba á Silvio. Observó cuánto se le atravesaba la frase cortés de encomio, ante un cuadrito de caballete, escena galante, que parecía, á fuerza de lamedura, un esmalte industrial. Y como en la conversación saliese á plaza el nombre de Millet, Marbley presenció la ferviente efusión de Silvio ante los maestros. Adoptó entonces el belga un continente reservado, la actitud discreta, hermética, con la cual la superioridad se sitúa á distancia; su media sonrisa fué condescendencia de soberano que no se digna descender á discutir. Espina encendía ya su emboquillado, después de rehusar las golosinas y aceptar el té amarillo que una criadita, de cofia y mandil de nieve, acababa de servir en tazas de Sajonia muy auténticas, enguirnaldadas de peonías y rosas. Recobrando su animación tocada de fiebre, pronunció sonriente la Porcel:
—Maestro, no haga usted mucho caso de las opiniones de este novicio... Rectifique usted sus errores... Acaba de desembarcar; viene de Madrid á probar fortuna. No aspira, naturalmente, á llegar á su altura de usted; pero, como en Madrid le han mimado mucho, se ha salido de sus casillas, y rebosa ilusiones. Se propone retratar á las guapas de París, porque en Madrid no se le ha escapado una; y aunque yo le advierto que aquí no son tan fáciles de contentar...
—¡Oh!—exclamó Marbley, ya en situación, secundando á Espina,—aquí tiene el público su gusto artístico muy educado...
Silvio estaba absorto, ante una acometida con la cual no contaba. Sintió unas uñas de gata rabiosa que le arañaban el corazón. Bajo el destile de ponzoña, palideció. Algo candente subía por su garganta. Espina le vió inmutado, y amainó.
—Ya, ya tendrá usted ocasión, maestro, de admirar los prodigios que hace el muchacho. Me ha retratado en Madrid, y pienso reunir algunas amigas para que vean... Ha sido en España un acontecimiento el tal retrato.
—¡España! ¡Qué hermoso país!—murmuró chanceándose el belga.—Allí el naranjo florece...