La intención satírica de la frase no se le escapó á Silvio. Embromaban á Espina con él, y explicaban por capricho amoroso la protección que ella parecía concederle. Ardiente rubor sustituyó á la palidez de antes.
Espina, tranquila, miraba á Marbley como si no comprendiese. Nadie la igualaba en estas comedias de candidez y asombro.
—Maestro, le ruego que no tome en broma á mi protegido—y recalcó la palabra protegido.—Indulgencia: los que llegaron á la cima no deben ser rigurosos con los principiantes. Ya verá usted... Su retrato no está mal. Sobre todo, Lago sabe vestir. Eso sí que sabe. Yo le digo que en algunos de nuestros grandes talleres de modistería le sería fácil ganar dinero.
Escuchaba Silvio, petrificado. No entendía si era mofa, si era odio, si era aturdimiento, lo que dictaba la inconcebible conversación. Dudaba entre protestar, tomar el sombrero y desfilar, ó hacerse el tonto.
Al fin se le desató la lengua, á pesar suyo.
—¡Me presenta usted bien—gritó—para que el Sr. Marbley forme de mí un concepto original! ¡Sastre de señoras! Mil gracias... ¿Qué pensará de mí el ilustre autor del Harem turco?
No podía caer peor la reminiscencia. Para desazonar á Marbley, bastaba recordarle el Harem, lo único verdaderamente sentido y franco que su pincel produjo. ¡Tema! ¡Todos habían de ensalzar el dichoso Harem! La singular rivalidad de un artista consigo mismo, el despecho furioso de haber tenido talento un solo día de la vida, podían tanto con el belga, que había momentos en que, no acertando á repetir ó superar su obra, sentía deseos de quemarla. Exasperado, pronunció entre dientes:
—¡Ah, sí, el Harem turco! Ya recuerdo... Labor de muchacho... Como usted no conoce lo que hice después... He enviado á los Estados Unidos mi producción seria. Aquí ni siquiera expongo; mi mercado no está aquí.
Era su artimaña, asegurar que expedía de cuando en cuando una obra fundamental á Norteamérica. Las expedía, sí; pero eran ajenas, antiguas, y algún que otro retrato hecho á las aves de paso en París, y remitido en cajas de magnífico embalaje, lo mejor del envío...
—Nada tendría de extraño—pronunció Silvio incisivamente, pues sus nervios triunfaban—que algún día conociese yo esas obras de usted. Deseo recorrer esos países... Suplícole me dé nota de los museos y colecciones particulares donde pueden verse. Además, me figuro que los periódicos de arte habrán publicado reproducciones. En el Estudio, por ejemplo, ¿no figura al menos una ó dos de las más notables...?