Marbley, cogido, calló. Un gesto de menosprecio fué su respuesta. Espina mintió por él.

—El maestro prohibe que se reproduzcan sus cuadros. No quiere que los deshonre el fotograbado y que rueden por ahí. Los riquísimos aficionados que forman su clientela no tienen ganas de que por un franco se adquieran copias. Maestro, dispense la ignorancia de mi protegido y sus preguntas cándidas. No está enterado el pobre.

Marbley sonrió á su defensora. Se pusieron de acuerdo en una mirada rápida. El belga respiró: Espina le entregaba á discreción al rival posible...


—¿Qué efecto le hace á usted el maestro?—preguntó la Porcel cuando subieron al coche y rodaron hacia los grandes bulevares.

—¿Cuál maestro?—chilló Lago.—Señora, ¿se ha propuesto usted burlarse de mí? En París hay muchos artistas á quienes no soy digno de desatar la cinta del zapato; pero si esto es lo que usted llama un maestro... ¿Y por qué me rebajaba usted delante de él? Sepa usted que su Marbley no vale un comino. Hoy no hace sino porquerías.

Excitado por la indignación, Silvio alzaba la voz, manoteaba. Impulsos le venían de agarrar de la muñeca á Espina y zamarrearla, arrojándola del coche al arroyo. Olvidado de los antecedentes, en la ferocidad que desarrollan las heridas personales, no sentía ni asomos de piedad, ni siquiera respeto. Ella le clavó sus ojos, puñales de ágata fría.

—¡Ah! Sí, sí... Me olvidaba de que, comparado con usted, Marbley es un pigmeo...

—No soy nadie ni nada—murmuró con energía Silvio;—pero si no he de llegar á más que Marbley, ¿lo oye usted?, ahora mismo renuncio á toda mi ilusión y ocupo el asiento del pescante. ¡Lacayo, antes que Marbley!