—Según eso, ¿usted creía llegar adonde Marbley ha llegado? Bien se ve que le han levantado de cascos Lina Moros y otras de su calaña. ¡Estamos en París! Vamos, vamos... ¿Quiere usted destruir una reputación consagrada?
—Consagrada en los salones, si acaso; consagrada para quien no lo entiende... En fin, señora, perdóneme; pero ¿á qué hablamos de todo esto? Con usted sería mucho más discreto charlar de modas. ¡Mujer, mujer! ¿Qué hay de común entre tú y yo?—profirió cerrando los puños y ahogando un juramento.—¡Maldita la hora en que descendemos hasta la mujer!...
—Stop—ordenó Espina.—El señor quiere bajarse.
Y dejando á Silvio en mitad de la avenida, recostándose indiferente, la Porcel añadió:
—Allez vite.
El coche se perdió en la lejanía, enrojecida por la puesta del sol, ensombrecida por los árboles.
En dos días no supo Silvio de Espina; no pudo ni conjeturar si con el incidente á la salida del taller del belga quedaban rotas sus relaciones. Fueron cuarenta y ocho horas de ansiedad irritada, de penosa incertidumbre. ¿Qué hacía el artista sin aquella mujer, al cabo único asidero suyo en París? Se arrepintió de su arrebato. “Debí hacerme el sueco”. No se decidió, sin embargo, á ir á casa de la Porcel. La temía. “Es ridículo. No me pegará...”—pensaba. Y quedábase.
Al tercer día, estando Silvio en su cuarto escribiendo á Cenizate, desahogando penas, el camarero le avisó de que le esperaba en la calle una bella señora, en un coche. Silvio se atusó, se puso el sombrero, bajó... La propia Espina, ataviada con caprichoso traje, en que la incrustación de bordado inglés ocupaba más sitio que la tela. Bajo la pantalla sedeña de su abierta sombrilla, su cara parecía bañada en amortiguados reflejos del sol, y el nácar de sus dientes la iluminaba con húmedas transparencias.