—Esta piedrecita—dijo la Porcel á Silvio—debe ser el leitmotiv del traje. Y maldito si sé cómo combinarlo.

Hablando así, adelantaban por esa calle en que el lujo de la mujer parece filtrarse al través de las paredes, irradiar incendiando los escaparates tentadores. Desde las deslumbrantes joyerías hasta las britanizadas tiendas de objetos de viaje, con sus sacos de flexible y luciente cuero repletos de utensilios de plata y cristal, todo hablaba de necesidades complicadas, de atavíos fantásticos, de viajes en trenes rapidísimos, en que se pasea la insolencia de la fortuna al través del mundo. No cabía pensar en pisar aquellos establecimientos sino con carteras rellenas de billetes, las bombeadas carteras de los americanos y los ingleses, que hincha una tumefacción de caudal. En la calle de la Paz, el lujo no se hace adaptable, accesible, como en tantos puntos de París, por ejemplo, los grandes Almacenes, que anzuelan á la mujer con el cebo de la baratura. Al contrario. La calle de la Paz seduce, altanera, con lo exorbitante, lo que sólo allí se paga á tal precio, aunque en otra parte se encuentre, acaso indiscernible. Los sombreros de la calle de la Paz, las camisas de la calle de la Paz, las joyas de la calle de la Paz, tienen la pretensión de cifrar la plenitud é intensidad del lujo, lo serio y gallardo del derroche. Fanatizan... Y no son sólo los escaparates con sus vidrios limpios y altos los que incitan al poderoso. En todos los pisos de las casas, los balcones están cruzados de letreros de oro, enormes, con el reclamo del nombre de alguna celebridad ó especialidad de alta fantasía; allí han fijado su residencia los grandes modistos, pontífices de la vanidad y dictadores del trapo. Uno de los aspectos de París triunfante es el trapo: el trapo, una de las maneras seguras que tiene Francia de imponerse al mundo. La parisiense, modestísimamente ataviada, trabajando toda la semana con sus dedos ágiles, prepara la derrota del extranjero, el cuele de su fortuna en la caja nacional, fruto de inmensa economía, que permitirá á la patria afrontar indemnizaciones, desquites, reorganizaciones de su ejército... Francia se defiende con el trapo; el trapo vale por muchos regimientos y muchas fortificaciones.

—¿Adónde me lleva usted?—interrogó Silvio.

—Á casa de Paquín... No tiene demasiado talento; se repite que es un dolor... pero al fin es el menos seco y amanerado de todos... Vorth ya es enteramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes de aparato, de reina de baraja; Redfern, ¡pch! algo entiende el paño... En sedas y gasas, calamidad... Laferriére se está echando á perder... Doucet, un impertinente; tiene un premier español que ha sido modisto en Madrid, un joven linajudo, pero caprichoso y raro; sólo trabaja de buena fe para las familias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á Paquín con unas casas nuevas que se me figura que tienen porvenir. Descubro estrellas. Boué es de mi escuela; nada pesado, nada que no plegue... Es enemigo de estos bizantinismos y estos japonismos que les encantan á las yanquis; en su manía de buscar lo pasado, las hace ilusión vestirse con dalmáticas y capas pluviales... Aborrezco ese genre. Me gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... ¿Verdad que eso es lo bonito?

En esta plática llegaron ante la casa de Paquín. Silvio miró sorprendido la fachada. Los dos pisos que correspondían al gran modisto, parecían comentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardinero, que diariamente los cuajaba de plantas en plena floración, había elegido tiestos de soberbios lirios lancifolios, que abrían sus cálices de terciopelo rosa, atigrados curiosamente,—lanzándose fuera del barandal de hierro. Entre las flores, de involutos pétalos, follaje plumeado de helecho mezclaba sus gráciles airones. Era el único edificio engalanado así en toda la calle; un reto á los otros modistos; un llamamiento, una galante invitación á la mujer, un jardín colgante que gritaba que allí se colmaba el sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermosura. Aquellas flores eran la voz insinuante de la sirena, y la mujer que lo escuchase indiferente tendría su alma enajenada en otro hechizo.

Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron en el templo. La puerta estaba franca: no era necesario llamar. Salvaron la antesala, que cruzaban atareadas oficialitas, y se encontraron en el salón blanco y oro, con ventanas á la calle. En sillas y sillones se repantigaban señoras que, antes de dirigirse al paseo, se distraían en venir á ver la exhibición de los modelos. Había allí de todo: verdaderas damas del buen tono, de San Germán; opulentas banqueras; extranjeras que fiaban en sus millones para transformarse en un santiamén en parisienses con chic; actrices que no trabajan en esta época del año y preparan elementos para la temporada próxima; dos grandes cocottes, imitadas en su estilo y adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel mismo instante, una preciosidad de finura y de elegancia. Silvio miraba á la clientela, y pensaba: “Con el retrato de éstas que están aquí, sería lo bastante para hacerme en París un nombre y sostenerme algún tiempo sin necesitar de Espina”. Después, tascando el freno, murmuraba: “Es innoble tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué miseria!” En momentos así, se acordaba de la Ayamonte. Á su lado, no necesitaría sufrir ninguna humillación... Pero habría que ser su marido.—Espina, remolcándole, había saludado á algunas conocidas que encontraba allí, señoras legítimas: la condesa de Villars-Brancas, la condesa de los Pirineos, nacida Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía archimillonaria, casada con un descendiente del célebre condestable que hizo traición á Eduardo IV ante Calais.—Las extranjeras, olfateando categorías sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, soñaban un incidente, una casualidad que las pusiese en contacto. Las del círculo aislábanse, estrechaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol pedía consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conocido... Ese dichoso baile de los Crouzat-Salvilly...

—No sé—decía ella, remilgada.—Se me figura que Paquín decae. No tiene fertilidad de imaginación. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito, sí, bonito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de siempre; los pliegues en la cadera, se ha enamorado de ellos; las peregrinas... ¡y estamos de pliegues y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de renovar un poco las hechuras, la manera de comprender los adornos, hasta el colorido... Nada: se pone pesado como los viejos...

Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas encargadas del oficio de maniquíes vivos se paseaban lentamente, estudiada la actitud, para mejor hacer admirar el modelo que vestían. Daban la vuelta al salón, dejando desplegarse con armonía la cola, con esa ciencia del efecto de la tela sobre las formas, que Silvio había creído privativa de Espina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos gestos graciosos y conquistadores de París. Se volvían, para enseñar á cada señora la hechura del vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando al mismo tiempo murmullos de encomio, un himno á la originalidad de los adornos, á lo delicioso de la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran mujeres hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; las envolvía el prestigio de la casa; parecían desdeñar á la dama que no tirase miles de francos en hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que un momento las cubrían, llevaban sayas bajeras baratas, adquiridas de ocasión en los Almacenes, calzado fatigado ya, camisas de tres días. Con rapidez vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, se enfundaban otro, y volvían á pavonearse, á hacer la rueda, sudando bajo los abrigos de teatro y calle, que las asfixiaban.

Espina pronunció indignada:

—¡También es demasiada avaricia la de este Paquín! Estos modelos están ya imposibles, de tanto enseñarlos todos los días. Mire usted; las gasas parece que han fregado el piso, y ese traje rebordado de lentejuela es un pingajo, como un faldellín de acróbata. El maestro se ríe de nosotras... ¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía se los pagan, para modelos del invierno que viene, las modistas de provincia!