Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se concebía tacaño como él. ¡Cebado en la ganancia, y sólo pródigo de flores!
—Y después—indicó la Villars-Brancas,—quiere que traguemos que fabrican expresamente para él todas las telas que gasta, cuando me consta, digo que me consta, que pide á los grandes Almacenes géneros... Somos unas infelices en creer sus embustes.
En la conversación de las señoras notábase cierta animosidad; el rencor de las cuentas crueles, la eterna queja del comprador contra el vendedor.
—Lo peor es—advirtió Espina—que se le vaya acabando la inspiración. Dentro de poco no sabremos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese bajá de tres colas? Podía molestarse al saber que estamos aquí...
Se metió precipitadamente en el gabinetito, al lado del salón, al pie de la escalera por donde debía bajar el modisto. Alfombran el piso centenares de muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver, adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas de accesorios, piezas de gasa de colores amortiguados, retazos de cintas anchas, botonería de strass. Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala, que la miraba entre alarmada y respetuosa:
—Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy...
La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, pintada de blanco, fileteada de oro. Entretanto, Silvio había suplicado á Espina: “Presénteme á sus amigas... Sólo conozco á la condesa de los Pirineos, y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se retrate...“ Y Espina, sin calor, había presentado: “El Sr. Lago, un joven artista á quien he conocido en Madrid...”
Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con interés. No era un tipo afeminado: al contrario. De aspecto militar, bigotes marciales, ojos negros y duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo vulgar, asargentado. Su tiesura poco galante se humanizó ante Espina y las otras parroquianas, de la flor de su clientela. Sin embargo, se veía que la excesiva complacencia no entraba en sus hábitos, y que aquel empaque diplomático era lo único que llevaba como librea de distinción sobre su basta figura.
Espina, resbalando más bien que andando por la alfombra, se le acercó y murmuró:
—Señor Paquín, vengo con una pretensión muy extraordinaria... Que se olvide usted de los modelos que nos enseña desde el mes de Abril, y que me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo inédito... Un traje en que el rubí...