El modisto, frunciendo el ceño, herido en su infalibilidad, respondió:

—¿Cómo? ¿La señora querría...?

—Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese usted el favor de no reproducir en un par de meses, ni para expedirlo á Australia. Vamos, prense usted la imaginación...

—¡Oh! ¡Señora!—murmuró el bajá dignamente.—Espero que no necesitaré gran esfuerzo para encontrar algo delicioso... Indíqueme la señora Porcel su idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y someteré á la señora...

—¡Sus dibujantes de usted!—recalcó Espina.—¡Si están como los caballos de los fiacres! No, Paquín... Se trata del baile de los Crouzat, de algo serio, ¿eh? Me he traído el dibujante, el compositor, el artista en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar usted gracias, y no ha de querer soltarle, así que pruebe sus servicios...

Sin saber qué responder—no estaba en las costumbres de la casa aceptar personal en semejante forma,—el bajá guardaba silencio, y Silvio, atónito al pronto, convulso de ira con los verdes ojos anegados en sombra, se lanzaba hacia la señora, atropellando exclamaciones:

—¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted diciendo?

—¿Qué le pasa?—repuso ella.—No sea usted niño, no lleve usted la modestia á extremo tal. Nadie ignora en Madrid las disposiciones de usted para la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en su verdadero terreno, y creo serle útil al recomendarle á Paquín. ¿Qué? ¿Lo toma usted á ofensa? ¡Bah! Bueno. No hablemos más.

La extraña escena había fijado la atención del grupo de señoras. Se entremiraban y miraban á Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar. Y la Villars-Brancas y la de los Pirineos, muy amigas, cambiaron expresiva ojeada, como diciéndose: “Aquí hay algo más de lo que sale á la superficie...”