Silvio se había dejado caer en una silla. Su respiración era anhelosa; una resaca violenta hacía palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le aproximó. Le prodigaba explicaciones.

—Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno las cosas con la mejor intención... Pero vamos á ver: ¿qué tendría de particular que usted me dibujase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de quien echar mano para presentarse bien! Y usted, aunque se enfade, ¡viste tan divinamente! ¡Si viese usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones, por si le restituímos á su verdadera vocación!...

El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía las manos para contenerse; sentía, con fuerza casi irresistible, la impulsión destructora, el ansia de abofetear, de herir, de gritar improperios, de hacer algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: “Esta mujer que así me habla y yo...” ¿Qué se proponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza era aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? ¿Cabía bañarse así en el agua amarga del ajeno sufrimiento?

No se acordaba Silvio de que la indiferencia moral, el desprecio á la humanidad, de Espina, le habían parecido en Madrid sello de naturaleza escogida y artística, picante atractivo de su trato y su persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expresión de la piedad y la generosidad en unos ojos humanos! ¡Oh, Clara!

Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos de la condesa de los Pirineos,—alta señora, encantadora mujer, que no ha sido muy bella nunca, pero tiene como nadie el aire de la distinción y dignidad social que prestan una biografía diáfana y el hábito de recibir el homenaje del respeto,—fijos en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz de la dama, mesurada, simpática, pero firme, pronunció, con ese acento sorprendido y algo irónico que manifiesta la censura entre gente de educación exquisita:

Charmante, no insista usted, se lo ruego... Se ve que su concepto acerca de las aptitudes del señor Lago, á quien usted misma me presentó en su casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en un almuerzo tan grato como todos los suyos, no está de acuerdo ni con los propósitos que á él le animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago aspira á otra cosa, y sus amigas—la Pirineos recalcó ligerísimamente la palabra—deseamos que las aspiraciones del Sr. Lago se realicen.

No respondió Espina sino con imperceptible mohín. No se atrevió á revolverse. Encogió los hombros, sonrió á medias.

Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó á la Condesa, tomó su mano y la besó, murmurando:

—Gracias...