Después se inclinó ante las otras señoras del grupo, que, reservándose, habían asistido al incidente, y salió sin despedirse del modisto, el cual,—envarado y engreído, de pie entre los retazos de encaje, los muestrarios y los metros de gasa desplegada y arrugada por el jaleo de las demostraciones á las parroquianas antojadizas y hartas de trapo,—continuó oficiando de pontifical.
Los días que siguieron á este episodio, mejor dicho, los meses, fueron para Lago de lo más sombrío de su existencia. París se había quedado sin gente conocida; una calma provinciana aletargaba sus calles. El calor de Agosto, unido á las vacaciones, vaciaba la capital. Silvio, en su cuartito de la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, cómoda y percha, y del cual, según la detestable costumbre de los hospedajes franceses, no habían retirado alfombras ni cortinas, se consumía y achicharraba. En su aplanamiento, algunos días le faltaba resolución para trasladarse al taller. Además no podía gastar en modelo. Su escaso peculio se disolvía como azucarillo en el agua.
Valdivia y la Porcel recorrían entretanto castillos y playas, asistían á fiestas, se mecían en terrazas colgadas sobre puntos de vista maravillosos, oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así por lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el joven artista, abandonado y burlado por los que le habían traído á Francia. Desde lejos se ve sólo el aspecto brillante y teatral de las existencias, y se oculta su elemento trágico, fatal. Acaso, en Madrid, gentes de la Sociedad de Acuarelistas ó del Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de ladrillo matritense, fantaseaban sobre el tema del viaje de Silvio, y en vez de representárselo paseando con melancolía los malecones del Sena al atardecer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figuraban libando placer y gloria, entre los halagos de la fama, en camino de la reputación universal, hacia cuyo templo le empujaban bellas ensortijadas manos.
En realidad, Silvio no podía decir que le sucediese ninguna grave desgracia. Traducido en prosa su contratiempo, era sencillamente la cebolla del verano, que alcanza desde el humilde obrero al industrial y hasta al artista. Los ricos—¡qué milagro!—se zafaban en busca de diversión y salud, á balnearios y costas: en los ecos mundanos del Fígaro había leído Silvio el nombre de Marbley entre los concurrentes á unas termas alemanas, donde también se encontraba Espina. Pensó si se habrían citado allí los dos antiguos cómplices. “¿Por qué no?”—se dijo, alzando los hombros. Y añadió para sí:—“Á poder, también iría... Ó sencillamente, me tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes y tipos de las celestes Mariñas...”
La decepción se manifestaba en Silvio por ese afán de estar en otra parte, nostalgia del rincón natal, suspiro de “alas como de paloma”. Hay períodos en que, sin ningún suceso grave, el horizonte se cierra en niebla, y el suelo que pisamos se convierte en arenal abrasador. La dorada fantasía se convierte en la imaginación calenturienta, y todo se tiñe de obscuro, se baña en océanos de tristeza y desencanto.
Silvio veía á París como un Sahara. Ni los tesoros de los museos, ni los umbríos y afelpados parques, ni lo regado y perfumado de sus limpios jardines—la República los cuida regiamente,—ni el cuadro de su actividad persistente en medio de los rigores de la estación quitaban á Silvio la manía de que se encontraba, viajero rezagado de la caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad infinita de los centros populosos, donde todavía no echó raíces nuestra alma. Creía Silvio perdida del todo su campaña en el extranjero, su carrera interrumpida... ¿hasta cuándo?
Con Espina, era evidente, no podía contar. No sólo no le ayudaba, sino que le aborrecía con el odio que engendran las decepciones humillantes; conspiraba contra él; se complacía y gozaba perversamente, con refinamiento torturador, en destrozarle. Ella misma—no podía ser nadie más—había provocado los tardíos celos de Valdivia, para robarle la protección eficaz del brasileño. Con cálculo pérfido, había traído á Silvio á París prematuramente, á fin de hacerle regresar á Madrid avergonzado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro francés, allá en otoño, si no podía sostenerse, si no salían retratos, si las brillantes perspectivas eran espejismo puro?
Todo parecía decirle que en París no se improvisan ni fama, ni gloria, ni aun dinero. Rápidas surgen á veces las reputaciones; en arrebato de locura brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como en todo, bajo su apariencia alocada, es reflexiva, tienen en cuenta muchos antecedentes. En un día salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha calculado... La parisiense no se deja sorprender.
La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un estado de entumecimiento, como parálisis de las energías orgánicas de la vitalidad. Extremoso, creyó tabicado el porvenir, y dió por cierto el fracaso de sus aptitudes; la vida destruída, terminada en la sombra. Rendido, pasaba horas enteras echado sobre la cama, sin ánimos para salir, arredrado por el calor creciente, asfixiante. Los rigores estacionales eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, la rabia del intento frustrado. Hubo instantes en que la idea del no ser le halagó, como halaga la de dormir tras jornada fatigosa, en la cual se han sufrido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! “Si yo temiese á esto—murmuraba para sí,—no sería cobarde: sería sencillamente necio, pues lo único tolerable es dormir... ó soñar.”