En medio del agotamiento de sus fuerzas, persistía un ansia que ya no era de gloria: era sencillamente—achaque de infelices—sed inextinguible de bondad humana, de entrañas compasivas. Empezaba por compadecerse á sí propio; se declaraba y reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa; y en su necesidad momentánea y egoísta de afectos, decidió escribir á cuantos creía sus amigos, para obtener de ellos una palabra cariñosa. Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y amor cuando se sienten tristes, sin cuidarse mucho de cultivar ese amor en los instantes de prosperidad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, pensó en los que sincera y desinteresadamente le habían amparado: se acordó de las Dumbrías, de la Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la mesa de las Dumbrías; por oir aquella palabra, á veces dura, siempre franca y llena de interés hacia los fines altos de la vida, de la famosa compositora. En un periódico francés encontró, por casualidad, un elogio de las Sinfonías campestres, el anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto, y se conmovió, como si aquello fuese para él distinción personal, halagüeña recompensa. Tomó la pluma y escribió á Minia, á la Palma, cartas extensas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando por la herida, llena de caricaturas modernistas de la Porcel, representada por un vampiro con sombrero de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto rebujo de las ropas saca su cola de serpiente.
Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la Ayamonte. Era un billete extraño y breve, especie de desesperado llamamiento de un alma á otra alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacónicos renglones del confesor de la novicia.—¡Era tarde!—frase en que la cronología responde de tantas irremediables desventuras.—Y, por otra parte, Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se prometía ni ansiaba la respuesta, el perdón, que hubiera podido otorgarle una mujer de sentimientos menos serios, de alma menos encendida y noble. Para responderle, Clara le había querido demasiado, y quería demasiado ahora, con profundo y fiero amor, á su Esposo de allá.
Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. Minia se encontraba entonces absorbida por trabajos que no la permitían despachar activamente su voluminosa correspondencia; la Palma había emprendido el viaje de verano á Alemania, y las letras de Silvio no la llegaron, cargadas de direcciones y tachaduras, hasta un mes después. Silvio, impaciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No recibirla le pareció ingratitud, desvío y terquedad de su infortunio. “Está visto: nadie se acuerda de mí”.
Entonces le hostigó la idea de regresar á España. Pasaría el resto del verano en Alborada, con las Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada del invierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos y retratos, hasta que se le cayese el dedo índice. Todo menos continuar en París sin utilidad y sin un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso, instintivamente, á seguir á dos transeuntes: un joven elegante, una señora entrada en años, que hablaban español. La conversación más indiferente é insípida: molestias del viaje, comodidades del hotel, detalles de una consulta médica. Silvio bebía, no las palabras, sino su sonido, la cadencia de la lengua patria. Se acordaba de discusiones con Minia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de alardes suyos de indiferentismo y cosmopolitismo. Se reía de su chifladura, y continuaba detrás de la señora y el mozo, hasta que en la esquina de la calle subieron á un coche.
“Para regresar á España, como para todo”—pensó Silvio—“se necesita dinero”... Hizo un balance, el fácil balance de los pobretones. Debía en su hotel más de doscientos francos de pensión, en el taller un mes de alquiler, y tenía disponibles quinientos francos por junto. No había medio de salir de allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar la maleta, el anzuelo de París, del París todavía inexplorado y arcano, le enganchaba el corazón. Escribió una carta respetuosa y sincera al pretendiente al trono de Albania, manifestándole que Valdivia se había olvidado de cumplir su encargo abonando el retrato; y agregaba la cuenta, los dos mil francos, precio francés. Esperó con ansiedad la respuesta. Era posible y natural que se retrasase, pues las señas que habían dado á Silvio en la garzonera del pretendiente no eran seguras. Se comprendía que las facilitaban con cierto recelo. No siempre conviene decir por dónde andan los rondadores de coronas.
Mientras aguardaba, proyectando marcharse apenas recibiese el cheque, su afectividad, dolorosamente exacerbada, se concentró en lo único que tenía á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el taller. La portera la mantenía, mediante un franco diario, quejándose siempre del feroz apetito del joven animal, que tragaba, decía la comadre, como un león. Silvio había convenido en que á Bobita nada le faltase: pan, leche, despojos de cortaduría... La perra medraba con rapidez asombrosa; su cuerpo cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte terciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico fresco, que exhalaba aliento sano y tibio, se guarnecía de dientes como almendras acabadas de mondar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. En cualquier posición que adoptase había donaire y vigor, la vitalidad de la juventud animal, sin melancolías ni ensueños. Al entrar su amo, se lanzaba sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y Silvio, enternecido, prendado, la daba nombres infantiles, “Bobirrita, Bobirris, Bobitesoro”, y, con goce de abnegación, la sacaba á la calle, se encaminaba á sitios donde la danesa hubiese de encontrarse á gusto, y, á pesar de las apreturas de bolsillo, la compraba pasteles, galletas, bizcochos, un collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes de despedirse de ella, en el taller, hasta el día siguiente, la besaba con locura la suave piel del hocico. La portera, para designar á Bobita, no decía sino “el amor”, y Silvio, al pedir su llave, preguntaba:
—¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, madama Laroche?
Así como al prisionero le bastan un jarro y una tarima por mobiliario, porque la desgracia ha reducido sus necesidades, á Silvio, en aquellas horas de desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, Bobita. La perra ocupaba mucho, molestaba, imponía obligaciones; era, pues, capaz de llenar la existencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus caricias locas.
Quince días después de echada al correo la carta para el pretendiente, cuando ya Silvio desesperaba, llegó la respuesta, con sellos austriacos. Era del secretario; contenía libranza de tres mil francos y las gracias más expresivas por el acierto con que había desempeñado Silvio su misión.