Por las venas del artista se derramó alegría; su depresión desapareció instantáneamente. “¡Cualquiera pensará que soy un codicioso!” Su dicha era tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar á la camarera; al fin lo hizo, bromeando, y mientras la sirviente protestaba y se reía, sacó del bolsillo cinco francos y se los puso en la diestra.

—Ahora creo yo—pensaba al bajar las escaleras—que este señor tiene derecho á la corona... ¡Me envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey, le llamo!

Con recursos ya, se borró—como se borran las ideas de los momentos obscuros ante la sonrisa de la esperanza—el propósito de regresar á España y refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre lontananzas y brumas. “¡No vuelvo allá hasta ser célebre!” escribió á Minia, en respuesta á una postal de la compositora.

¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido ocurrir otra cosa? ¿Qué fuerzas humanas le apartaban á él de aquel foco de fiebre artística? Quedarse, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... Ya empezaban los bandos de golondrinas á acogerse al alero. En los bulevares, en el patio del Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Silvio encontraba otra vez conocidas españolas, de paso hacia la frontera, que se detenían á hacer provisiones de trapetería para el invierno próximo. Algunas pensaban prolongar su estancia hasta que empezasen á afilar sus cuchillos los cierzos del Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones en restaurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un retrato. Se dió cuenta de lo mucho que había influído en el alza y hervor de su mercado de Madrid, la rutina que empuja á la sociedad á atropellarse en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni poco. Estaba en plena racha de entusiasmo y labor de otro género, labor libre. Como si la subsistencia asegurada le restituyese las vitalidades de la voluntad, se preparaba, por medio de fuertes sesiones de modelo, al ingreso en un taller magistral. Así como así, el dueño del suyo regresaría, y se le imponía el problema de no poder dar pincelada si no buscaba dónde trabajar.

Sus modelos—la hembra, una criatura delgadita, sin plástica, con algo de airoso y delicado en las líneas, la gracia parisiense, que se percibe hasta en la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un guapo borrachín en la flor de la vida, no desfigurado aún por el abuso del alcohol—le referían indiscreciones de taller, rarezas de artistas famosos, lances de pingües ventas de cuadros, que no se colocaban en París, y que un cliente americano paga carísimos, llevándoselos inmediatamente en una caja de embalaje. Se veía que este aspecto lucrativo de la profesión artística era lo que danzaba en la cabeza de los pobres diablos de modelos, cuya existencia precaria se revelaba en la empobrecida constitución de ella, en los estigmas con que el alcohol, recurso contra el hambre, empezaba á marcar la cabeza hermosa, de Cristo rubio, de él. Á Silvio se le ocurrió aprovechar aquellas dos figuras para la composición de un cuadro religioso: una arrepentida, la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús triste y grave, que, al perdonarla, perdona también á la humanidad, no porque haya amado mucho, sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la compasión de Jesús por la humanidad, simbolizada en una mujer consumida de privaciones, mostraba cuánto camino había andado el pensamiento de Silvio desde los tiempos en que las burdas y enérgicas reproducciones de una naturaleza sin alma eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas mujeres desatadamente soñadoras, que agotan las emociones de una pasión sin que llegue á saberlo el mismo que es objeto de ella, Silvio había agotado ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de cuenta, la virtualidad de una teoría estética, atravesando las landas del naturalismo y abandonándolas.

Ahora era un idealista, un moderno, y lo que perduraba de sus devociones antiguas, lo que practicaba con mayor fanatismo si cabe, era ese culto del dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día prestaba mayor seguridad á su mano y mayores vuelos á su imaginación misma, en la cual la forma sensible de las cosas, lo concreto del espectáculo natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á la concepción ideal del poeta que siempre había existido en Silvio, y que se revelaba lleno de sentimiento y de efusión interior. Un Silvio nuevo surgía como la imagen sobre la placa fotográfica cuando la sumergen en el baño reactivo. Ya no aspiraba á la obra fuerte, al trozo de realidad: quería, en esa realidad, realizarse él también, derramar su propia esencia, dominar con su yo lo externo, penetrándolo.

—“Pero—meditaba—no es posible imponerse por sorpresa: antes hay que arar, ser buey, para poder ser algún día arcángel, como Millet ó como Moreau”.

Y borró el trazado del cuadro que pensaba componer con sus dos modelos: él, envuelto en una túnica blanca que parecía vestirle de luz; ella, esmirriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa negra humilde, la misma ropa suya, de lana, muy traída y pobre, postrada á los pies del Salvador, mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, como si dijese: “Mira cuánto he padecido, cuál es mi miseria, y perdona si he errado, hasta si he sido criminal”. Para fondo de esta página, Silvio pensaba estudiar la melancólica aridez de un arrabal trabajador de París. Pero no se atrevió, asaltado de escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro de composición! ¡Ridículas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo otro vendría: estaba seguro de ello, vendría á su hora...

No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía á Silvio. No quería ser modesto. Sorda rebelión le alzaba ya contra el maestro á cuyo lado trabajase. Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre los ilustres del pasado; erigir altares á “lo que ha sido”, practicando, si le era posible, “lo que va á ser”.