En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, había algo semejante á un comienzo de envidia, de animosidad, porque otros ya habían llegado, y él... él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo, con la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, esta idea víbora se le enroscaba al corazón. “¿Y si yo no tuviese talento? ¿si, á pesar de mi vocación, de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?”

El taller, mal barrido por la descuidada portera, que siempre pretextaba quehaceres para ahorrarse trabajo, tenía ese aspecto decaído, ese velo polvoriento que influye sobre las imaginaciones vivas sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades del esfuerzo, de fatalidades lentas.

Los muebles rotos y mal encolados del artista que viajaba, desbaratábanse como si á propósito lo hiciesen. Los tapices eran jirones. Todo gritaba la penuria del dueño de aquel refugio. Silvio sentía, con la intensidad que adquieren las molestias minúsculas en la fantasía de los nerviosos, el peso de tanta mezquindad, y, cabizbajo, pensaba que ocuparía por muchos años un taller semejante, hasta el día en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? ¿si él era un frustrado, definitivamente un frustrado?

No se trataba de ningún imposible. Llegar á convencerse de que no hay facultades excepcionales, de que no se es un genio—este drama moral se representa diariamente, con un mismo espectador y actor.—De una generación artística, de diez ó doce mil muchachos que caen en París como la falena en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear la gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los ciento?

Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el diván, manchado y desvencijado, del desconocido pintor en cuyos penates artísticos se cobijaba, y dábase á pensar, no sólo en su destino, sino—con tenacidad que él mismo calificaba de insania—en el de aquel individuo de quien no sabía cosa alguna. “¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve la trampa...”

Descuidando el estómago, que era como descuidar la vida, Silvio, en el nuevo acceso de pesimismo, no salía del taller, sosteniéndose largas horas con un pedazo de queso, con un bollo de pan.

Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de depresión nerviosa, que se alarmó. Empezaba á notar con frecuencia—desde que se había propuesto observarse y consagrar sus fuerzas todas á rehacerse para entrar dispuesto y de refresco en la batalla—que sus estados de perturbación moral iban acompañados de trastornos correlativos en lo puramente orgánico.

Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de que pudiese faltarle, además del dinero, la indispensable salud; ¡la salud, un instrumento de trabajo más útil aún que la moneda!

Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. Sus veinticinco años eran ó debían ser inagotable reserva vital. ¿Qué importa la debilidad de un estómago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... muerte... Palabras vanas. No creía Silvio que realmente podía morirse. Ni siquiera quería confesarse que la emoción, la esperanza, la aspiración, en suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo que disipaba aquel magnífico capital de juventud y de robustez que de la juventud se deriva.

Como quien nota la disminución de una suma en monedas de oro encerrada en un arca, Silvio comprendía que su vigor, que su resistencia mermaban á cada alternativa de calenturienta ilusión; pero no sacaba consecuencias de un hecho tan constante. No podía decir que fuese la decepción lo que le postraba; se gastaba también en los momentos de engreimiento; le rendía el breve transporte de un relámpago de confianza en sí mismo.