No pudiendo luchar con estas circunstancias ni trazarse un método, porque su situación era provisional y transitoria, aplazó, despreocupado. La previsión de la muerte no arraigaba en su espíritu, como no arraiga nunca en el de los que forman grandes planes y tienen demasiadas ambiciones, demasiados sueños, tela cortada para fantasear.
—Cuando me normalice de vida y de trabajo—pensó—me cuidaré mucho. Ahora... ¿qué más da?
Una carta,—un aguijón del destino, oculto bajo un sobrecito gris sellado con lacre blanco, exhalando el aroma de una composición demasiado conocida, que actúa sobre los nervios,—sacó á Silvio de sus fluctuaciones. La dirección mostraba la acaballada letra de la Porcel, letra sin personalidad, análoga á los palotes de todas las elegantes que han aprendido en los mismos colegios por iguales métodos, y que han suprimido, en la homogeneidad de la moderna educación, aquellas características patitas de mosca de antaño.
Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan extravagante mujer!, escribía una misiva casi tierna, mimosa. Se quejaba de la soledad y el ruido de los hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; hablaba vagamente de la inaguantable necesidad de consultar eminencias, de su insubordinación á prescripciones que la contrariaban en sus caprichos; ensalzaba la libertad “doblemente preciosa que una vida indigna de que nadie se preocupe de conservarla á costa de afearla y hacerla prosaica”—y en la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á París hacia mediados de Octubre, época en la cual ya se ve gente y se podrá enseñar en debida forma cierto bello retrato á las amigas.—Al leer este párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón brincó como un cabritillo. El problema de París, resuelto. ¡La Porcel, mudable como la ola, le había perdonado y cumplía su antigua promesa!
Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, de las que su índole, en algunos respectos femenina, le permitía engastar con la gracia de brillantes falsos en el marco de una miniatura. Era carta amistosa, y amistosa también la que contestaba; pero cuando entre corresponsales de distinto sexo ha mediado cierto género de conexiones, hay un dejo de reserva sentida y de insinuación inconfundible en la menor frase, en los giros, en los encabezados y finales. Silvio, temiendo á los celos de Valdivia, procuró componer su carta de modo que, muy rendida y agradecida, no transparentase la confianza material, la especialísima franqueza que engendran determinados recuerdos. Era la misiva, entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas, expresivas), un modelo de felino halago, de infantil abandono, de adulación quintaesenciada. Cartas así se captan los corazones. Pero Espina no tenía, puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto para sentir la belleza más allá del mal y del bien, y acaso preferentemente más allá del mal, gozando la fruición de lo perverso, como se goza un sabor, un perfume, una asociación de líneas.
Loco de alborozo, Silvio se echó á la calle. Almorzó en un restaurant menos promiscuo que los bouillons, socorrido recurso de los flacos de bolsa; se invitó á media botellita de tisana, buena marca, y al salir del comedero había formado la resolución de emprender un viaje de arte, porque no iba á poder entretener de otro modo la impaciencia, los días que faltaban para el regreso de Espina, encontrándose hasta sin medio de dibujar, porque el dueño de su taller, ya de vuelta, le había dejado políticamente en la calle. Uno de los españoles tropezados en el bulevar, hijo de un banquero de Madrid, venía de Holanda y le había enterado de que allí se viaja baratamente. Aún no estaban muy escurridos los tres mil francos del candidato al trono. Silvio confió á Bobita á su camarero, y salió aquella misma tarde hacia Bélgica, provisto de un billete circular y algunos bonos de hotel.
No por necesidad afectiva, que sólo experimentaba en los momentos amargos, sino por no dejar evaporarse impresiones vehementes que hubiese deseado conservar intactas, Silvio escribió entonces casi diario y largo á Minia Dumbría, con encargo expreso de que no rompiese las cartas y se las guardase en un armario vetusto de Alborada, atadas con una cinta de seda, entre lesta y hojas de hierbaluisa, para reclamárselas alguna vez, como si fueran “otra cosa”.