IV
Intermedio artístico.

Bruselas.—Amiga insigne, este viaje es un viaje de muñecas. No se fatiga uno; casi no siente que se traslada, porque los trayectos son cortísimos. El más largo, de París á Bruselas, donde fecho esta epístola, dura cinco horas. Los otros serán expediciones de puro recreo.

Voy á darme un baño de maestros, un chapuzón de pintura seria.

¿Encontraré, entre estos grandes muertos, alguno lo bastante vivo para influir en mí, ahora, en este año de gracia, ó mejor dicho, en el que viene, y en el cual, es infalible, ha de fijarse mi orientación?

Porque es tiempo, gentil señora... Tengo veinticinco cumplidos; estoy en la mitad del camino—á los treinta se declina ya—y todavía no soy nada, ni sé qué va á ser de mí.

¿Se acuerda usted de mi última carta, tan desconsolada? Era una tontería; me apuraba sin motivo. Espina, ¡pobre enferma!, después de haberme arañado y mordido un poco, se apiada de mí, y á su regreso, que tardará unos días, el retrato será expuesto ante una “taza de crema”, ya que no ante la crema toda.

Esa crema me abre el apetito. ¡Ganar, ganar, comer, comer! La crema me gusta, por alimenticia.

Entretanto, como no puedo esperar tranquilamente, tan nervioso me siento (¿será cierto que soy un sistema nervioso predominante y agitado, un neurótico?), me he venido aquí, á recoger impresiones. Iba á escribir una bobería: iba á escribir que usted no puede figurarse lo que uno patalea cuando no encuentra dirección para su aptitud.

Yo tengo disposiciones. Corriente. ¿Con qué salsa las guiso? ¿Qué género va á ser el mío? ¿Cuál de los maestros va á ejercer sobre mí esa influencia primera de que no hay medio de eximirse, hasta que logre matarle dentro de mí, después de que con su ayuda salga á terreno firme? Quiero empezar por esclavo y acabar por rey.