Si viese usted cómo me hace cavilar y sudar todo esto...—Apenas llego á Bruselas... (No, no tenga usted miedo á descripciones; sólo de pintura pienso hablar.) Apenas llego á Bruselas, me entero de que aquí existe un Museo de las obras de un solo pintor contemporáneo, que no quiso vender ninguna; un pintor de mediados del XIX, Antonio Wiertz. Hállase el Museo instalado en el mismo taller del artista. Tales y tan extrañas cosas oigo de él, que corro á visitar ese Museo. ¡Un mundo de pensamientos me sugiere! Se compone de dos ó tres salas y una habitación donde, en alacenas, se guardan el sombrero y algunos objetos que han pertenecido al artista, el cual no murió viejo, y, según su retrato, tenía una figura romántica, con trova, à faire rêver.
Este paisano de Marbley empezó imitando á Rubens. Entonces pintaba, lo que se dice pintar, admirablemente. Hay un torso de mujer, desnudo, que es “un trozo” en toda regla; jugoso de color, justo y razonado de dibujo; inmejorable. Pero después de ser esclavo algún tiempo de la individualidad ajena, Wiertz, que deliraba por triunfar—¡como tantos, ay de mí!—quiso aislar la propia; y no sólo quiso eso, sino que se propuso llevar ventaja ¿á quién dirá usted? á Miguel Angel y á Rubens, el cual no pensaba; tenía pupila y carecía de cerebro... según dicen ahora.—Y nuestro Wiertz se echó á inventar símbolos y embadurnó lienzos, algunos colosales, llenos de extravagancias socialistas y pacificistas; El último cañón, La carne de cañón; Napoleón ardiendo en los infiernos, rodeado de espectros que le increpan; los poderosos de la tierra oprimiendo á los débiles, figurados por un gigante brutal, un Polifemo, que con sus patazas aplasta á los compañeros de Ulises... Todo ello parece pintado al fresco, á borrones desteñidos. Arrastrado por su delirio, Wiertz llegó á embadurnar cosas tan horribles y tan macabras, que no se enseñan sino á quien las quiere ver por un agujero, practicado en un cierre de tablas, que oculta el espantajo. Uno de los reservados es lo siguiente. Una cripta. En ella ha sido enterrado vivo un hombre. Consigue alzar una tabla de su féretro, y asoma entre el sudario una faz lívida y un ojo demente, y lo que este ojo demente logra ver es una calavera en el suelo de la cripta, y una enorme araña negra, velluda, que trepa por el cráneo...
Otra concepción, también de las reservadas, es una mujer, joven aún, que, impulsada por la locura, la miseria y el hambre, ha cortado en pedazos á un niño suyo de pecho y cuece en una caldera parte de él, mientras estrecha contra su corazón lo restante...
¿Qué opina usted? ¿Es esto artístico?
Mi pensamiento me traslada á Italia. Veo ese arte sereno, luminoso de belleza, griego bajo su cristianismo claro y floreal: el arte de los Luinis, los Peruginos, los Botticelli... y este belga tenido por genial me parece grotesco y ridículo. ¡Puf! Vámonos de aquí; huyamos de esta “galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas...”
Wiertz, en su período de “desarrollo individual”, pintaba, oiga usted esto, mucho peor que al principio, cuando quien pintaba por su mano eran los Maestros. Entregado á sí mismo, el colorido, la factura, fueron desapareciendo, y sólo hacía bambalinas á chafarrinones. ¡Y era un entusiasta nobilísimo, se privaba de todo, desdeñaba el interés, sólo vivía para el arte!
¿No es cosa de echarse á temblar?
¿Seremos chiquillos, que en cuanto los dejan solitos no hacen sino disparates?
Aquí tiene usted á Wiertz, á un hombre con innegable talento, con facultades de primera. Además, este hombre no era un mercader; tenía corazón de artista, aspiraba con infinita ansia. No se contentaba con seguir huellas. No era, sin embargo, capaz de pintar como un genio, y pintó como un loco raciocinador.
Y yo, que le escribo á usted esto, y que he salido del Museo asqueado,—yo no podré, probablemente, ni pintar así.—Tal vez no consiga ni disparatar de manera que salve mi nombre, relativamente, del olvido...