Amberes.—He vuelto á encontrar al amigo Rubens, más deslumbrador que nunca. ¿Se acuerda usted de la impresión que me produjo en Madrid, en el Museo, este tiazo?

Aquí me acaba de subyugar (sin serme tan simpático como antes, por demasiado sensual y carnoso). Ya la he enterado á usted de la transformación que han sufrido mis convicciones...

Pero, piense uno como piense, Rubens aturde y emborracha.

¡Qué orgías de color regio!

Regio es poco.—Rubens es imperial.

Amberes posee mucho de lo más sorprendente que pintó Rubens.

En la Catedral hay dos trípticos soberbios: el Descendimiento y la Crucifixión; en el Museo Plantino, infinidad de retratos—y en el Museo del Estado, un tesoro.—Estoy dominado, más que por las obras de Rubens, por su persona, por el conjunto de sus cualidades, por su temperamento de Titán. Su equilibrio me causa envidia. Ese sí que no padecía de neurosis. Le veo marchar entre una aureola de luz ardiente, echando chispas de fragua, forjando como un cíclope, sin caer nunca en la debilidad ni en el descuido.

Vea usted, Minia; esto es lo desesperante para mí. Por momentos, en París, he creído en la virtud infalible de la paciencia y del trabajo intenso. Pero hay otra cosa, superior á lo que se hace reflexivamente. ¿Pueden todos los esfuerzos y paciencias del mundo formar un temperamento de artista como el de Rubens?

No. Eso es obra de la naturaleza. Usted, con su catolicismo, dirá que de Dios. Bueno, de quien usted guste. De lo incognoscible.—¡Pintar así, con esta facilidad y esta felicidad; manejar el color de esta manera; producir esta sensación de realidad, cuando la inmensa mayoría de sus cuadros reproduce escenas que él no pudo ver, de las cuales no tiene el menor dato sensible, como son estas cristologías tremendas, este Cristo sobre la paja, del cual envío á usted una fotografía que nada dice—lo que hay que ver es el color,—y al mismo tiempo tener á la realidad sujeta, esclavizada á la individualidad! Porque Rubens grita desde lejos; avisa; planta su bandera. Yo creo á Rubens tan prestigiosamente rico, que en cualquier época del arte se impondría. Á todo era capaz de adaptarse, y en todo hubiese triunfado. Tiene hasta sentimiento, sentimiento católico, muy profundo. Su cuadro La última comunión de San Francisco se traga á nuestros místicos realistas, á los Ribaltas, á los Riberas, á los Murillos. Es la característica de Rubens, que se traga á todo el mundo, y que, donde hay un cuadro suyo, de los buenos, lo demás palidece, se desvanece.