Y sin embargo, en Rubens no hay esfuerzo penoso; no hay violencia de ningún género.

Tampoco hay transiciones de maneras, ni decadencias, ni arrepentimientos.—¡Semidiós!

Esto desespera: que nazcan hombres así, y no ser uno de ellos.

¡Pensar que Rubens, desde los primeros años de su mocedad, fué dueño de todos los secretos, encontró su estilo, su color, su hacer!

¡Y qué dignidad en este Emperador! Nada trivial, todo triunfante—porque con este colorido, estos azules, estos nacarados, estos plateados, estos violetas—no hay asunto repulsivo, no hay tristeza posible; lujo y fiesta todo.

¡Ay de mí! Rubens tenía lo que sospecho que me faltará siempre: acaso los temperamentos artísticos son estómago, sangre y vigor.

Por eso su pintura—vengo fijándome, desde Bruselas—me hace un efecto heroico. Heroísmo y elocuencia—las grandes cualidades de Rubens...

Para consolarme de no ser Rubens, y también porque necesito definir mi estética, empiezo á buscarle defectos al mago de Amberes. Le falta—¡vaya si le falta!—la distinción y el misterio de los italianos, de un Bellini, de un Luini. Gesticula demasiado...

¿No sabe usted lo que me pasa? Tengo aquí un amigo. Á mi lado, en la mesa del hotel, se sienta un viajero con el cual ligo inmediatamente. Es un joven periodista sueco, venido á estas tierras para remitir á su periódico noticias del movimiento socialista, que, según parece, es importante. Pero me ha confesado que el socialismo no le da frío ni calor, y que si los socialistas, sobre estropear la sociedad, han de aburrir á las personas inteligentes, entonces sí que no tienen perdón; que él escribe á su periódico lo primero que se le ocurre, para salir del paso; que lo interesante de Bélgica y Holanda son los artistas, y no concibe que nadie venga aquí á otra cosa que á empaparse de pintura. Dado este modo de pensar, el sueco, que se llama Nils Limsoe, y yo, nos hemos entendido como ladrones en feria. Nos juntamos para recorrer iglesias y museos. Noto, sorprendido, que no está á bien con Rubens, aunque reconoce su asombrosa personalidad. Él será lo que sea, un coloso... pero ¿quién le propondrá por modelo, quién ha de seguirle? Parece fácil de imitar, y no hay tal cosa. Parece que no hace nada, que trabaja según fórmulas vulgares y previstas; pero el caso es que sus discípulos, empeñados en sorprenderle los secretos, se quedaron tan lejos de él... tan por bajo...