Me sublevo.—¿Y Van Dyck? ¿Está Van Dyck muy por bajo de Rubens?
Limsoe se sonríe y murmura (conversamos en francés):
—Ya, ya... Es usted un apasionado de Van Dyck, y, además, la fisonomía de usted recuerda sus retratos... Van Dyck... Sí; es seguramente mucho más fino y elegante, y mucho menos teatral que Rubens.
Comprendo, en la indulgencia de la sonrisa, que no le llenan ni uno ni otro.
El Haya.—Limsoe y yo hemos acordado no separarnos, visitar unidos la tierra holandesa. Él escribe á su diario como si continuase en Bélgica—y ni visto ni oído.—Iremos, en comparsa, á el Haya, á Amsterdam, á Harlem.
Este sueco padece ataques de un entusiasmo frío, especie de iluminismo—como dicen que les sucede á los nacidos en países del Norte, cerca del círculo polar.—Yo diría de él que sufre vértigo manso. No sé por qué me recuerda, en sus arrebatos, en sus accesos, el célebre remolino de Poe. Lo cierto es que este mozo sabe muchísimo, sabe una barbaridad, de mi profesión; sabe, teóricamente, lo que los pintores siempre ignoramos. Le pregunto por qué su periódico, en vez de consagrarle á la sociología, no le dedica á la crítica artística.
—Porque—me responde—el arte interesa á pocos lectores, y la sociología, en mi patria, á todos. Ya escribo á veces, en una revista, estudios sobre los artistas suecos contemporáneos; allí me desahogo... pero me lee una minoría. Y como siempre les estoy diciendo que pintan demasiado aprisa, y por lo tanto, mal, no pueden sufrirme.
—Y Rubens, ¿no pintaba aprisa?—le objeté.—¿no hizo en diez días La pesca milagrosa? ¡Y cuidado que hay problemas resueltos en la tal Pesca!