—Rubens debía de ser un fenómeno, una fuerza de la naturaleza; además, ya sabe usted que entonces los discípulos ayudaban tranquilamente al maestro, ejecutaban trozos enteros de un cuadro ¡Vaya usted, en estos tiempos de lirismo, á insinuar solamente que puede ocurrir semejante cosa!
Visitamos el museo de el Haya. ¡Alerta! ¡Qué sacudimiento!
—¿No es raro—me pregunta el sueco—que un territorio y una división geográfica produzcan de una vez tantísimo pintor como produjo este suelo de Holanda en el siglo XVII?
En efecto, es cosa rara. ¿Por qué hay países que crían á patulea, en momentos dados, el pintor, el poeta, el escultor? ¿Por qué en España, determinadas provincias son las que dan artistas, sin que exista en ellas mayor estímulo que en otras? Los artistas, ¿somos una planta, somos un tubérculo, fruta natural del terruño? Alguna vez que hablé de esto en Madrid con Solar de Fierro, el buen marqués, muy inteligente en la práctica, pero muy ajeno á las teorías, me sostenía la vieja tesis de la superioridad de los países del sol sobre los de nieblas y frío, explicando así que la zona artística de España sea el Levante y el Sur. Y Holanda, ¿es acaso un país de sol?
¡Al contrario! Las humedades, las brumas, las tempestades de Holanda han hecho á sus paisajistas y á sus marinistas.
Mi sueco, inspirado en Taine, dice que lo que determinó este frondoso florecimiento de arte en Holanda fué la intensidad de la vida civil, las grandes transformaciones de la sociedad, el civilismo y el ciudadanismo de estos bátavos.
Son artistas, porque son ciudadanos, porque son comerciantes; pero, si no hubiesen sido artistas, ¿no podríamos sostener la tesis opuesta, que salieron ineptos para el arte por culpa de la ciudadanía y del tráfico? En fin, por algo un país pequeño, en corto espacio de tiempo, engendró tal hormiguero de pintores: Cuyp, Van Ostade, Terburg—¿se acuerda usted de los vestidos de raso blanco de Terburg?—Rembrandt—¿se acuerda usted de la luz de Rembrandt?; digo la luz, ¡ojo!, no digo el color—Van der Helst, Gerardo Dow, Berghem, Ruysdael, ¡qué paisajitos!; Pablo Potter, ¡ah, un tío tremendo!; Steen, Der Neer, Hobbema...—nada, gentuza—Vandervelde... Wovermans, el del blanco corcel... En fin, estoy aturdido. Me tienen vuelto tarumba estos diablos de pintores nacionales, no por nacionales, sino porque sólo retratan lo que los rodea, porque no adolecen de ideal ninguno—á lo sumo, como Rembrandt, de un ideal lumínico,—y no sueñan; copian lo que se les pone delante, reproducen indistintamente lo bonito y lo feo, y acaso más lo feo... Estoy literalmente hechizado, porque ¡esto fué lo primero que soñé yo, sugestionado con sus Sinfonías campestres de usted! Apoderarme con verdad y energía de una comarca. Eso debe bastar, y aquí basta, ¡vaya si basta! Se confirman todos mis presentimientos.
Mi sueco, mucho menos persuadido, me hace notar que estos pintores en nada se parecen á los realistas modernos, y si les conociesen, les despreciarían por lo aprisa que embadurnan. Los holandeses, copien lo que copien, se recogen, condensan, detallan con paciencia infinita.
—De los lienzos llenos de churretes y sin acabar de cubrir que hoy se permiten ustedes—declara Limsoe,—se reirían estos artistas á mandíbula batiente. Les parecerían la obra de un chiquillo ignorante: monigotes. La luz de estos pintores es contra luz. ¡Váyales usted con el aire libre moderno!