—Hoy pensarían como nosotros—le respondo.

—¡Nosotros! Pero si nosotros no pensamos nada fijo... Nosotros—digo, los que no nos confundimos con la muchedumbre—estamos á cien leguas de las rutinas de taller. Despreciamos la verdad. ¡La belleza! ¡He aquí nuestra bandera, por la cual moriremos!

Cuando habla así, el sueco está hasta guapo de entusiasmo. Le hago un apunte al pastel. Es moreno, y tiene unos ojos verdes, que relucen como los de un gato, fosforescentes, de mirada insostenible.

Noto en él animosidad furiosa contra los holandeses, que tan celestialmente—digo, tan terrestremente—pintan... ¡quién pudiese hacer otro tanto! No es esto lo que le puede contentar á él. Está á mal con la flema de tales artistas, con su materialismo pacífico, su falta de imaginación, su glotonería animal y su lujuria burda, la insipidez de sus asuntos, la atrofia de su sentimiento. “Los admito á ratos y me exasperan”—repite, pasándose la mano por la frente sudorosa, y suspirando hondo, como si le sucediese una gran desgracia.

Le vi particularmente rabioso ante una obra que me ha dejado con la boca abierta: el famoso Toro de Pablo Potter.

Ahí tiene usted algo que bastaba para mi felicidad; hacer una cosa así, un cacho de verdad por este estilo: nada, sencillamente un tajo de carne cruda; y luego... E poi morire, como dicen en esa Italia que Dios sabe cuándo veré.

Véase el ideal renaciente de este pintorcillo de rasos y encajes, perlas y rosas; véase, véase el bicho... Lo dibujo al margen. No es más; nada de composición ni de triquiñuelas. Ese buey, tranquilo, testarudo, ese animal, que impresiona como un numen antiguo, un Apis, me infunde hasta devoción.

¡Pensar que Pablo Potter hacía esto cuando contaba veintitrés años de edad, y que yo he cumplido veinticinco!

Mi sueco mira al Toro; al pronto no chista, no resuella; se diría que le falta, como á mí, la respiración; se lleva la mano al pecho, como si en él hubiese recibido un fuerte golpe; estriba en el compás de sus largas piernas; se afianza los quevedos en la nariz; frunce el ceño, siempre mudo. Al fin se desata, y empieza á poner defectos al Toro. ¡Defectos á miles! No los defectos que cualquiera ve, como la insignificancia del asunto, reparos de crítica intelectual, en suma, sino otros del orden técnico, en el cual—¡cómo reconoce uno cada día su ignorancia!—suponía yo al Toro impecable. Según Limsoe, Pablo Potter no sabía palabra del ejercicio de su profesión cuando pintó este buey. Así es que, sobre no estar concebido, está pésimamente ejecutado: hay en él trozos enteros que revelan inexperiencia pueril. Por lo mismo que en el lienzo se reconoce algo genial, debemos ser con él más severos. Son malos guías, son corruptores los que, como este Potter, parecen aconsejar á la juventud que estúpidamente reproduzca, para hacer una obra maestra, lo primero que se le pone delante. Yo me siento herido, como si fuese el mismo Potter, y nos enzarzamos en una discusión que degenera en disputa, llegando casi á injuriarnos. Á mí me da por sostener que justamente lo bellísimo del Toro consiste en no ser nada; una res bajo un firmamento; un sincero estudio, ajeno á todo tiquis miquis de intención sutil ó simbólica. Nos acaloramos; Limsoe me impropera; hace ademanes circulares, rasgantes, amenazadores... El conserje—que pasea tranquilamente por la sala próxima—asoma su faz rubicunda, de holandés flemático, y nos dice en voz pastosa algo que no entendemos, pero que será rogarnos compostura. Ve que no le hacemos caso, y chapurrea en francés el mismo ruego, acercándose ya decidido á la expulsión. Como me excuso, responde siempre plácido:

—Son frecuentes las disputas ante el Toro. Cada cual lo juzga á su manera.