Y se encoge de hombros. Yo me vuelvo hacia mi amigo, quien en presencia del mismo conserje, me tiende la mano, se atusa la cabellera amarillenta, rebelde y erizada, como la de los muñecos que sirven para las experiencias de electrización.

En fin, amiga insigne: ¡Pablo Potter, cuando pintaba mal, pintaba este Toro!

¡San Lucas bendito, San Amaro milagroso, hacedme pintar mal así!


Harlem.—Una escapatoria á Harlem, desde Amsterdam... Limsoe y yo nos vinimos con un pedazo de queso en el bolsillo, entre dos trenes, pues no queremos perder tiempo ni pasar la noche en Harlem... Cálculos de economía. No somos ricos ni mi sueco ni yo.

Al bajarnos en la estación, el periodista me cuenta que allí hubo un mar, un vasto mar, hasta fecha reciente, y que lo desecaron enterito; se lo bebieron en pocos meses, para evitar inundaciones y ganar terreno, donde establecieron grandes explotaciones agrícolas; y fué medida prudente, porque si ellos no se tragan al mar, el mar se los traga á ellos. Esta gente vive de milagro; por lo visto, el peor día pueden encontrarse con que las aguas sumergen á Holanda toda... Debían trasladar á sitio seguro los Museos. Lo demás, que se lo lleve el diablo.

¡Qué pérdida si una inundación sorbiese los Franz Hals!

Franz Hals... ¿Cómo se lo diría yo á usted? Franz Hals es... algo que me recuerda, sin que sepa explicar la similitud, á Quevedo y á nuestros novelistas picarescos. Habría quien reclamase para otros pintores holandeses este mérito; pero yo no puedo reconocerlo sino en Franz Hals.

¿Quién fué el imbécil contemporáneo nuestro que se imaginó haber inventado el realismo? Es tan viejo como el mundo, y el autor del Escriba egipcio no fué ni más ni menos realista que el autor del Lazarillo de Tormes ó que Franz Hals.