Voy haciéndome muy pedante... Todo se pega; Limsoe es pedante mortal de necesidad. No me deja vivir; me obliga á estar siempre razonando las impresiones bellas.
Bueno, pues, Hals... Óigalo usted... Hals... Me tiembla la mano... Hals... Agarrarse... ¡Hals pinta más que Velázquez...!
Más que Velázquez, ¡sí señora, no me vuelvo atrás...!
Es mano más experta (en la plenitud de su carrera, entendámonos), es mano soberana para la reproducción de todos los elementos plásticos, cabezas y accesorios. Menos tierra que en Velázquez. Pincelada más expeditiva y segura que en Velázquez, en el cual hay “arrepentimientos” inconcebibles. Acierto instantáneo. Ni fatiga, ni improvisación, ni prolijidad. Le digo á usted que estoy convencido de que éste es el Júpiter de la pintura.
Nadie le pone el pie delante; nadie pinta más.
Nadie dibuja más tampoco; ¡mentira!
¡La gente, pintada por Franz Hals, está viva, es de carne; sus cabezas tienen meollo, sus pies caminan!
Aquí triunfo yo de mi sueco. No puede ponerle á Franz Hals—en su buena época—defecto técnico ninguno, ninguno, ninguno; y ante esta perfección que parece increíble, se inclina; su recurso es refunfuñar.—“¡Qué nos importa la verdad! ¡Qué nos importa la misma perfección!”
Y le respondo en español: “¡Nos importa, caramba!” enviando un beso á una figura divina vestida de azul y amarillo verdoso, uno de esos Arqueros del Gremio, que hacen competencia á los inmortales Síndicos de Rembrandt. ¡Verdad santa!